Es 2 de enero, casi 3; sin embargo, mi memoria da vueltas y vueltas en el 1.

Es 2 de enero, casi 3; sin embargo, mi memoria da vueltas y vueltas en el 1. ¿El año?: 2018; pero, en mi cabeza, como cada año desde hace 24 veces, es 1994.

Estoy con mi padre y con Lalo, mi tío. Estamos en Real de Catorce.

La víspera estábamos con toda la lopezada en casa de los abuelos, en Matehuala; cantábamos las canciones de siempre: Pinocho Pinochet, Jacinto Cenobio, El querreque, La casa de Lupe, aquél himno que comienza diciendo: "Desde el hondo crisol de la patria...", dos o tres tangos entre los que se encuentra aquél de Nostalgia, un su chingo de canciones de Silvio Rodríguez, Acuarela potosina, el Corrido de Matehuala, Paloma negra...  me recuerdo emocionado...

En mi recuerdo, no sé porqué, se mezcla otro recuerdo: estoy con mi prima Rocío, veníamos, justo, de Real de Catorce; nos habíamos quedado en un cuarto que era más bien la bodega donde guardaban los colchones de un hotel; habíamos ido a Estación Catorce, habíamos ido por peyote; de regreso a Matehuala, el efecto del peyote me había hecho sentir que mis piernas flotaban; cuando llegamos a Matehuala, mi prima y yo nos fuimos a dormir y no despertamos sino hasta casi la medianoche: cuando despertamos salimos juntos de nuestras recámaras, nos miramos, entramos a la ducha por turnos: ella primero, después de yo; y, después, ya vueltos a la vida, lúcidos, nos integrábamos con un hambre de los mil demonios a la fiesta de fin de año...

En esta mañana, la del 1 de enero de 1994, el aire pesa con la melancolía de Eduardo, quien va cantando una canción suya durante el recorrido a pie por el túnel Ogarrio; única entrada y única salida de Real de Catorce... bueno, más o menos. La canción, lo sabría después, se llama Quitapesares; Eduardo está triste y sé el porqué; no hablaré de ello.

Caminamos. Visitamos una casa que en mis recuerdos ya es famosa: está abandonada, pero parece una casa de cultura con varios pisos abierta al público. Caminamos. Vamos a los lugares de siempre: el cementario, la iglesia de San Francisco con sus exvotos, la plaza con su fuente... Real de Catorce es para mí así: aburridamente entrañable. Caminamos; pero, ahora, de regreso al túnel.

Pasamos por los puestos de comida y, como siempre, son el sitio con más gente. Sin embargo, esta vez hay un bullicio especial: la gente mira el televisor. Hay noticias. "Guerrilla", "Chiapas", son palabras que escucho sueltas. Un golpe en la cabeza; figurativo, no real; de esas golpes que la memoria da. Las palabras se organizan en mi cabeza y regreso al mes de ¿septiembre? ¿octubre? del año pasado: 1993. Estoy con A. Lo conocí en mayo. Nos hemos visto dos o tres veces a partir de entonces. Me ha preguntado si creo en las revoluciones, en la lucha armada. Me ha preguntado por mi padre, de quien sabe que es telefonista y de quien afirma que estuvo en La Liga; le aseguro que no es así (quizás sí, no lo sé; pero, yo le aseguro que no). Me ha dejado a leer el ¿Qué hacer?, de Lenin, y el Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels. Me ha dicho que no nos veremos en un buen tiempo: "A finales de año, principios del otro, tenemos algo que hacer y vamos a estar muy ocupados. Si todo sale como lo esperamos nos vemos por ahí de finales de enero, principios de febrero. Es en Chiapas." Me ha dicho que piense cómo quisiera ser llamado si estuviera en la clandestinidad. Así fue el golpe.

Los siguientes días intentaré, con mucha dificultad, enterarme de qué está pasando. Estaré con mi padre en San Luis Potosí, la ciudad capital del estado con el mismo nombre; el diario La Jornada llega a los puestos de periódicos hasta la tarde... si llega. Ejército Zapatista de Liberación Nacional, dice. Indígenas, dice. Chiapas, dice. El tono editorial me parece preocupado, en el periódico que nació exactamente un año antes de los sismos que en 1985 sacudieron la Ciudad de México y que a la postre terminó arrancándome de mis raíces; el tono editorial, decía, es como el de un padre regañón que no augura nada bueno si se usan las armas para exigir democracia, libertad y justicia. Ése tono irá cambiando con el transcurrir de los días y de los comunicados.

De entre los comunicados, la Primera Declaración de la Selva Lacandona desde luego que será emblemática y aquél sobre el EZLN y las condiciones para el diálogo, a mi modo de ver, pondrá los puntos sobre la íes; pero, luego vendrán ése comunicado en el que el difunto Marcos se mofa de la "media filiación" del "comandante Marcos" y donde, según yo, se inaugura el largo ir y venir de comunicados donde México comenzará a ver a los pueblos originarios como no lo había hecho antes: Sobre la paz, para rematar... es un decir: en el zapatismo no hay remates nunca, la palabra y el andar siguen, siguen y siguen... para rematar, decía, con el que creo fue uno de los comunicados que trazaron un antes y un después en este país: ¿De qué nos van a perdonar?

Luego, más tarde, me encontraré de nuevo con A; pero esa, esa es otra historia.

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