Algo apesta en Dinocracia.


En 1516, la isla de Utopía se abría paso con la pluma de Moro como el mejor de los mundos, por imposible, hasta entonces soñados. Casi un siglo después, cuando Cervantes publicó la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, recogería el sueño de Moro para ponerlo bajo la tutela de Sancho Panza, quien sin duda ha sido el mejor gobernador que tuviera la ínsula de Barataria. Doscientos años más tarde, Hegel plantearía los fundamentos de su dialéctica en Fenomenología del espíritu, allanando, quizás sin saberlo, el camino a Utopía y el viaje a Barataria porque unas cuantas décadas después Marx y Engels partirían de allí mismo para demostrar que no sólo filosófica ni literariamente, sino también económicamente, es posible.

Hoy por hoy, el conjunto de movimientos antisistémicos que se caminan en todo el planeta tienen como una de sus banderas fundamentales la certeza de que un mundo nuevo y mejor es posible y urgente. Pero en tiempos donde la clase política hurta o toma prestado, o ambos, el lenguaje que va y viene de entre bastidores y tras bambalinas para hablar de escenarios y actores sociales, y desprestigian al oficio teatral cuando por su ineptitud y cretinismo la gente los tacha de payasos o comediantes, estos últimos: los payasos y los comediantes, los cómicos de la legua que algunos somos, tenemos la obligación moral de decirles que para construir ése mundo mejor, habrá que empezar a demostrar en la teoría y la praxis que es, más que posible, probable.

En el mundo de lo posible, este país que actualmente está viviendo la que quizás sea su crisis más significativa de los últimos 90 años, estuvo siete décadas sumido en una tragicomedia que muy a su manera nos narrara José Agustín; pero cuyo final, el de la meta de signo contrario a todos los obstáculos que el régimen de partido de Estado le puso, no sucedió.

Ese final, bien hubiera podido ser la transición verdadera en el año 2000 a la democracia. Pero la carrera electoral por la Presidencia de la República del último año del Siglo XX quedó reducida a casi nada a lo largo de un sexenio que ni siquiera cumplió a cabalidad con el sueño de quienes aquél 2 de julio acudieron a las urnas con un motivo común: sacar al PRI de Los Pinos, y en lugar de acercarnos a Utopía o Barataria, tocamos tierra en Foxilandia.

Así, pues, el mejor de los mundos posibles dejó la tragicomedia para estrechar su distancia, no con lo probable, sino con lo imposible. Y como seguimos empleando el lenguaje teatral que ha usurpado la clase política, hablar del mundo de lo imposible es hablar del género donde reinan el absurdo y lo grotesco: el imperio de la farsa.

En Luces de Bohemia, Ramón María del Valle-Inclán define el que sin duda es el estilo dramático en el cual la clase política mexicana nos ha instalado: el esperpento. Para imaginárnoslo, el dramaturgo, poeta y novelista de la Generación del 98 nos pide que coloquemos al héroe de la Tragedia frente a un espejo cóncavo. ¿Le parece si hacemos la prueba?

Ponga usted, por ejemplo, al personaje protagónico de Hamlet, el príncipe de Dinamarca cuyo padre, el rey, fue asesinado a manos de su tío; quien a su vez tenía amoríos con la reina madre. Quien haya visto representado o, de menos, leído el drama de Shakespeare, recordará que entre todo lo que se mueve en medio de esta pugna individuo-cosmos un ingrediente fundamental es la lucha por el poder. Esta misma pieza del engranaje social la encontraremos acompañada de anécdotas distintas como parte del tema en Los siete contra Tebas, de Sófocles; Las brujas de Salem, de Miller, o Moctezuma II, de Magaña; para hablar de otras dramaturgias, incluyendo la nuestra.

Ahora bien, coloque usted la pugna por el poder en medio del patetismo de quienes manosean hasta el hartazgo el discurso patriotero-nacionalista para después despojarnos de patrimonio tangible e intangible, renovable o no, llámese petróleo y toda la industria energética que el neoliberalismo priista y panista ha ido privatizando a cuenta gotas esperando el momento para dar el golpe definitivo, sean los más de 500 árboles que vivían en el ex Casino de la Selva sirviendo de hábitat a especies de aves en peligro de extinción y toda la obra artística que el panismo morelense destruyó junto con vestigios del período posclásico para autorizar la construcción de Costco-Comercial Mexicana, fueran las más de veinte construcciones que databan del Siglo XVIII en el Centro Histórico de la Ciudad de México y que la izquierda perredista ordenó demoler para levantar los cascarones donde reubicarán a los comerciantes informales que afean el Slim Center.

¿Lo hizo ya? La historia reciente de este país, feudo por feudo, empezaría a contarse como si fuera un cuento de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm o una fábula de Esopo o La Fontaine. Vea, asómese usted mismo, usted misma, a los héroes que tenemos: gobernadores sonrientes, algunos preciosos y piadosos, en Oaxaca, Chiapas, Sonora, Puebla, Jalisco; narcosenadores que llaman a no caer en la provocación de usar el erario público con fines electorales, pero que se mandaron a hacer su camino rojo a alguna playa con las arcas del gobierno (sic); magistrados del toma-y-daca que una mañana declaran inconstitucionales leyes de medios de comunicación y todas las demás afirman que no se violaron suficientemente los derechos de la periodista aquella o de los macheteros esos, y que se vale la usura y el gasolinazo; líderes de la izquierda partidista que cierran Paseo de la Reforma exigiendo respeto al sufragio burlado y que terminan tomando asiento en sus curules y repitiendo al interior de su partido las cochinadas que el Poder les hizo a ellas y ellos mismos. En fin, como dijeran los poetas del esperpento mexicano: puro “héroe de la película, papá”.

Sólo faltaría que el escritor con más regalías entre los ríos Bravo y Suchiate fuera el brillante crítico de arte y muy democrático Chespirito, que en la máxima casa de estudios del país pusieran de coordinador de difusión cultural a un mafioso de la literatura que hubiera acabado con las actividades escénicas que eran la razón de ser de la red de teatros más grande de América Latina y que el PRI estuviera a punto de regresar a Los Pinos. El joven Hamlet, distorsionado hasta ser encarnado por un hijo de Marztita, Jorge Kawasaki o Iván Mouriño, tendría razones suficientes para decir que cuando despertó, mientras sus súbditos practicaban el arte de la escultura con estatuas de ovejas negras que usan pasamontañas, algo apestaba en Dinocracia.

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