2 de octubre no se… ¿qué?


No es lo que pasó, pasó,
o lo que pasó, pasa hoy.
No es dizque de donde vengo,
ni quesque pa’ donde voy.
Soy un sesentayochero,
Sesentayochero soy.

Desde el reproductor, la voz de Lalo “El Guajolote” se escapa por entre las rendijas de las pequeñas bocinas que custodian la pantalla del ordenador; no lo hace sola, la acompaña una su carnalita que suele habitar la garganta de Enrique Ballesté, aquél que escribiera que “eso de jugar a la vida, es algo que a veces duele”.

Con las manos encima del teclado y la mirada sobre el monitor, leo y releo la que hubiera sido la última entrega del artículo que había escrito sobre el noveno aniversario de La Jornada Morelos, ahora que la autocensura ocupa en casa un lugar privilegiado junto a la intimidación y el asesinato de periodistas en manos del narcotráfico; la cancelación de propaganda gubernamental para golpear la economía de algún medio incómodo; el cierre de ediciones radiofónicas o, de plano, el despido de sus conductoras cuando la dignidad anida en su palabra, y el secuestro con patente de corso expedida por una Corte, que dice ser Suprema y dice ser de Justicia, de periodistas honestas.

No tiene sentido ocupar un espacio, privilegiado sin duda, para quejarme por enésima vez de algún formador o formadora que cambia impunemente los títulos de mis artículos, los pasa por la guillotina de su ignorancia o prefiere guardarlos en el cajón de su ineptitud y falta de oficio periodístico, que publicarlo; sólo porque mi pluma señala la mentira, la hipocresía y la contradicción sistemática de un movimiento y un su líder que se dicen de izquierdas mientras callan ante la militarización, el despojo, la calumnia, la represión, el hostigamiento, las sentencias a cadena perpetua y el asesinato de hombres y mujeres cercanos a los pueblos indígenas zapatistas; no tiene sentido.

Mejor aprovecho que el patetismo y esa pulsión de muerte que se destila hasta en nuestras canciones rancheras ha hecho del 2 de octubre el día nacional del derrotismo nuestro. ¡Qué viva el culto a la pesadilla y la vocación de fracaso! No vaya a ser que la memoria se sacuda el melodrama con que Televisa y TV Azteca nos estupidizan y recordemos que hace 40 años en este país asomó la posibilidad de construir un mundo nuevo y mejor en asambleas multitudinarias de estudiantes, maestros, padres de familia y trabajadores; en brigadas de información que hacían del volanteo, la canción y el teatro armas más peligrosas que las bazucas y las bayonetas, porque sembraban conciencia; en manifestaciones que protagonizaban lo mismo mujeres gigantas con niños a cuestas que burócratas insumisos.

Mejor el llanto, las veladoras en las plazas, los poemas lúgubres y el performance sanguinolento; que la alegría, la fiesta y la reflexión de lo que se hizo bien entonces para repetir la experiencia. Mejor el terror, el miedo soplando en la nuca diciendo: “no hables, no cantes, no bailes, no escribas, no te quejes, no protestes, no te organices, no salgas a la calle, no tomes la plaza”; que descubrir que el preso político de hace cuatro décadas se convirtió en funcionario de gobiernos priístas (es decir, criminales), asesor de administraciones panistas (léase, fascistas) o legislador perredista que cuando no comete “errores tácticos” vota por leyes que ni siquiera ha leído.

¿Y si mejor no? ¿Qué si opto por pensar en “El Sebas” llegando la tarde del 27 de agosto de 1968 al zócalo capitalino con el corazón latiéndole tan fuerte que pareciera que no le cupiera en el pecho, y no en las tanquetas que unas horas más tarde saldrían de Palacio Nacional para arrasar con él y todos sus compañeros? ¿Qué si decido recordar a Alfonso gritando al día siguiente: “no vamos, nos llevan”, cuando el DDF lo obligó a dizque desagraviar una bandera que se atoró en el asta poniéndose de luto, y no a los trabajadores de limpia intentando lavar la sangre que el 3 de octubre servía de alfombra en la Plaza de las Tres Culturas?

Prefiero, mil veces, imaginar a Lucía, hermana de lucha de Olivia “La Güera” Ledesmamarchando en silencio la tarde del 13 de septiembre asida a su inseparable bastón; que a los curas que cerraron a piedra y lodo la iglesia de Santiago Tlatelolco para que no entraran quienes buscaban guarecerse de las balas el 2 de octubre; traer a la memoria a Nicolás gritando ¡Viva México! en Ciudad Universitaria junto con Heberto Castillo, que mirarlo de nuevo secuestrado en Lecumberri como veo ahora a Nacho del Valle en el penal del Altiplano, o escuchar al Edupoz y al Churro guitarra en ristre y canto en astillero, que verlos perseguidos por los soldados de un ejército que se dice mexicano a tan sólo diez días de que comenzaran las Olimpiadas.

Eso prefiero…

Cada vez menos pequeños,
cada quien su cada cual;
de utopías y de sueños
vamos cargando un morral:
somos tzotiles-defeños
en Tlatelolco y Acteal.

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