Memorial por la esperanza.


Cuenta la leyenda que el jefe de Estado en el Olimpo, enojado porque un tal Prometeo robó el fuego de los dioses para devolvérselo a los seres humanos, ideó como venganza obsequiarle a la futura esposa del Epimeteo, hermano del tal Prometeo, un ánfora en cuyo interior estaban atrapados los más diversos demonios. Al recibir su regalo de bodas, la señorita Pandora no pudo resistir la curiosidad de saber qué había dentro del ánfora y la abrió liberando a todos los demonios y los males que representan. Tan pronto entendió lo que significaba abrir el ánfora, la cerró intentado evitar que salieran más demonios que se cebaran sobre las y los humanos; no lo logró.

En la Tierra, en un país con forma de cuerno de la abundancia llamado México, de que los demonios andan sueltos dan cuenta las decenas de miles de feminicidios a lo largo y ancho del país, con epicentros en Chihuahua y el Estado de México y conexiones que pasan por la trata de mujeres, el abuso a trabajadoras sexuales y los crímenes de odio sexual; los miles de migrantes secuestrados y asesinados año tras año entre el Río Bravo y el Suchiate, donde San Fernando se volvió la muestra más clara de lo que significa la política migratoria mexicana; el más de un centenar de comunicadoras y comunicadores asesinados y amenazados, ora por el crimen organizado, ora por el gobierno (valga la redundancia), o la larga lista de defensoras y defensores de derechos humanos y medioambientalistas donde los ataques en su contra van desde amenazas e injerencias arbitrarias hasta asesinatos y desapariciones forzadas.

Para muchos, que las cosas estén a este nivel, es culpa, dicen, de un hombrecito que siendo presidente gustaba de los disfraces, en particular del de comandante supremísimo de las fuerzas armadas. Así, de lo que el hombrecito terminó vistiéndose fue de una especie de Pandora criolla que desató sus propios demonios al poner en marcha una “guerra contra el narco” que, además de criminal e hipócrita, no es ni una guerra ni es contra el narcotráfico, sino una estrategia de terror de Estado que pretende tener al pueblo, y no al crimen organizado, de rodillas y arrinconado. Un terrorismo de Estado que en Piedras Negras, Villas de Salvárcar, Allende, La Joya, Creel o Castaños tiene algunos de sus casos más dolorosamente emblemáticos.

El Estado mexicano, en tiempos del nacionalismo tricolor, tenía un corte capitalista local; en tiempos del neoliberalismo de todos los colores, se ha permutado en un Estado capitalista global cuya criminalidad de clase se ha potenciado. Las expresiones de ello están, por una parte, en la negligencia asesina que se cobra la vida de obreros en Pasta de Conchos o la Sonda de Campeche u ofrece el infierno como futuro a niñas, niños y adolescentes en la Guardería ABC o el New’s Divine, en las ejecuciones extrajudiciales como modus operandi en la Buenos Aires o en Tlatlaya o en el sistemático laboratorio de la represión que en Tlatelolco tiene su efeméride axial a medio siglo de persecuciones, intimidaciones, detenciones ilegales, torturas de todo tipo, desapariciones forzadas, asesinatos selectivos y masacres que en Aguas Blancas, Acteal, Atenco, Oaxaca o Ayotzinapa tiene algunas de sus geografías más recientes; pero, por otra parte, en la indolencia de, por ejemplo, un Yucatán cuyos feminicidios, crímenes de odio por homofobia, amenazas a comunicadores y defensores de derechos humanos, ejecuciones extrajudiciales, secuestros y desapariciones forzadas, racismo encarnado y connivencia gobierno-crimen organizado le hacen lo que el viento a Juárez.

Sin embargo, falta lo que falta: en el fondo de la Caja de Pandora, pequeñita como pájaro azul de trova yucateca, quedó Elpis, a quien de vez en vez los hombres y las mujeres que en torno al calorcito del fuego prometeico cantan y bailan le llevan de ofrenda lucecitas de memoria; acá, abajo, la banda la conoce como Esperanza.

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