Atenco, el otro cinco de mayo.


















Han pasado siete años, unos 2 mil 557 días con todo y sus noches; aún así, el tufo a impunidad que se respiraba en el aire aquella mañana del 5 de mayo de 2006 persiste en su intención de dejarnos claro “quien manda aquí”. Aunque no muy bien lo consigue.

Sí, hablo de la mañana del 5 de mayo. Sé que, cuando se habla de la lucha del pueblo de Atenco otras fechas saltan a la memoria; en estos días, justamente, recordamos el 3 y el 4 de mayo de ése mismo 2006. Pero yo hablo del 5 de mayo, de un otro 5 de mayo.

No del 11 de julio de 2002, cuando al menos un millar de elementos de la Fuerza de Acción y Reacción Inmediata (FARI) mexiquense se enfrentaron contra unos cien ejidatarios del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) que resistían la intentona gubernamental foxista de expropiar sus tierras, a razón de 7 pesos el metro cuadrado, para construir un aeropuerto alterno al de la Ciudad de México; lo que dio por resultado decenas de detenidos y heridos, así como la muerte, dos semanas después, de José Enrique Espinoza Juárez.

Ni, mucho menos, del 7 de marzo de 2006, cuando el candidato panista a la Presidencia de la República, Felipe Calderón, también conocido como Felipe Franco Pinochet, declaraba arrogante su intención de reintentar el despojo que su predecesor no pudo llevar a cabo cuatro años atrás: “que sean los expertos y no los machetes los que determinen la construcción [del aeropuerto metropolitano]”. Tampoco del 21 de abril, un día después del ataque de policías y ganaderos en contra de horticultores y floricultores del Mercado Belisario Domínguez, donde también fueron golpeadas y golpeados decenas de mujeres y ancianos.

Ni de la madrugada del 3 de mayo del mismo año, cuando, tras una mesa de diálogo con “autoridades” del ayuntamiento perredista de Texcoco que en la víspera habían asegurado el permiso para la venta de sus flores ése día de la Santa Cruz en el mercado municipal, las y los floricultores serían desalojados con lujo de violencia; telón de boca que daría paso a los enfrentamientos en la carretera federal Texcoco-Lechería cuyas imágenes le darían la vuelta al mundo en 80 kilobytes, convirtiéndose en un muestrario cada vez menos extraño de la insensatez y la estulticia gubernamentales y de los medios electrónicos de dizque comunicación en México.

Es más, ni siquiera de aquella dolorosa mañana del 4 de mayo en que, azuzados mediáticamente y con la venia del enano político que unos meses después arribaría al poder por causa y efecto de un fraude electoral, los funcionarios disfuncionales de los gobiernos del Estado de México, priísta, y de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) federal, panista, iniciaron el operativo de represalia con que se cobraron la herida recibida en su orgullo de militares vestidos de policías el día anterior, arrasando con todo y contra todos en Atenco. Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, el timbre del teléfono sonando durante horas hasta convertirse en una copia barata de las trompetas que supuestamente harán sonar los ángeles del Apocalipsis, dejando escurrir las cifras de cientos de compañeras y compañeros de la entonces Otra Campaña perseguid@s, arrestad@s, golpead@s, secuestrad@s y torturad@s con agresiones físicas, verbales, psicológicas y violaciones sexuales a manos de quienes se dicen “guardianes del orden”.

No, prefiero hablar de la mañana del 5 de mayo de 2006; ésa en la que el país amaneció siendo uno muy otro. Los enfrentamientos de las últimas 48 horas; las detenciones, entre otros, de Ignacio del Valle y el asesinato del casi niño Javier Cortés Santiago el día 3; así como los allanamientos y detenciones ilegales, ejemplares en su bestialidad, del día 4; habían cerrado la puerta al México que en 1997 y 2000 celebraba, con los triunfos de la oposición en la Ciudad de México y el Gobierno federal, respectivamente, la supuesta entrada a la lista de los países democráticos del planeta tras la expulsión del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de Los Pinos. Sin embargo, los hechos, que como siempre suelen ser más testarudos que los dichos, terminaron por mostrar en toda su crudeza la calaña de quienes por un lado del espectro político, bajo las siglas del Partido Acción Nacional (PAN), se habían autoproclamado los paladines del progreso y la democracia a lo largo de 67 años, y de quienes por el otro, con el nombre de Partido de la Revolución Democrática (PRD), se jactaban de representar desde 1989 lo más granado de la izquierda partidista: resultaron tan antidemocráticos y represivos como la triste y largamente célebre “dictadura perfecta” (Vargas Llosa, dixit) del PRI.

La brutalidad manifestada en San Salvador Atenco había puesto a cada quien en su lugar: el candidato del PRI, famoso por hacer fraudes hasta en maratones internacionales, felicitó al gobernador de su partido en el Estado de México, Enrique Peña Nieto, por la violenta solución; el del PAN defendió el revanchismo del gobierno federal blanquiazul y dijo que de estar en semejante situación él hubiera hecho lo mismo, y el del PRD, más preocupado por los 10 puntos que decía llevar de ventaja en las encuestas, apenas alcanzó a condenar la violencia “viniera de quien viniera”, pero ya no pudo, quizás porque no quiso, señalar siquiera la protagonizada por el alcalde texcocano, de su propio partido, en contra del FPDT: “no tenemos nada que ver en este asunto, en este conflicto. Éste es un grupo que ha manifestado no estar de acuerdo con nosotros”.

A tono con las voces cantantes del circo electoral, esa mañana los grandes electores: los medios de comunicación, se dieron a la tarea de denostar al FPDT, a la Otra Campaña, al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y a su jefe militar y vocero: el subcomandante Marcos; adherentes todos de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, emitida en junio de 2005 por la organización insurgente. En la mayoría de los programas de radio, los noticieros de las dos cadenas de televisión que tienen acaparado el espectro radioeléctrico y la prensa escrita se daba cuenta de la “valentía” y coordinación con que los soldados disfrazados de agentes estatales y federales de seguridad pública habían “recuperado el control” de la plaza, “liberado” a los “policías” retenidos la noche del 3 de mayo y garantizado la “vuelta de la paz y el orden”: habían hablado los expertos, como quería Calderón (y lo seguirían haciendo a lo largo de su criminal sexenio de la muerte) no los machetes.

El diario La Jornada, que se había mantenido relativamente distante de la Otra Campaña debido a los señalamientos que el zapatismo le ha hecho al lopezobradorismo, salvo por la cobertura que hasta la fecha hacen Hermann Bellinghausen y Gloria Muñoz Ramírez, se comprometió mucho más y dio muestras de que “valentía”, que “recuperación del control”, que “liberación de policías” y que “regreso de la paz y el orden” se trataba: toletiza al trabajador jubilado telefonista Jorge Salinas; vejación a una mujer indígena, que después supimos era doña Magdalena García; cateos sin orden judicial y destrozos en bienes inmuebles; secuestro, más que arresto, de 218 hombres y mujeres, la mayoría de ellas, 30 de 47, violadas sexualmente como método de tortura; la fractura craneal con exposición de masa encefálica de Alexis Benhumea, causada por el impacto de una lata de gas lacrimógeno (igual a la sufrida seis años después por Juan Francisco Kuykendall Leal), que luego la causaría la muerte porque los militares impidieron la llegada de una ambulancia y detuvieron al médico que pretendió ayudarlo, o la detención y posterior expulsión de las españolas María Sostres y Cristina Valls, la alemana Samanta Dietmar, la chilena Valentina Palma y el chileno Mario Aguirre.

También ésa mañana, el matutino Detrás de la Noticia, conducido por Ricardo Rocha, difundía las declaraciones del excomisionado de la ASE, el vicealmirante Wilfrido Robledo Madrid, quien estando al frente de la PFP tuvo que renunciar por acusaciones de malversación de fondos y uso indebido de atribuciones y facultades, de que sus fuerzas no abandonarían San Salvador Atenco sino hasta “garantizar que la paz quedara totalmente reestablecida”. El capitán de fragata José Antonio Villanueva Lira, jefe de la subsección del servicio militar nacional de la Armada de México, no se quedaría atrás: ése mismo día manifestaría en el marco de la ceremonia de jura de bandera de 150 jóvenes conscriptos que “los recientes acontecimientos de violencia y enfrentamiento entre actores sociales y autoridades del gobierno son hechos aislados de gente protagonista que quiere figurar en los escenarios políticos y sociales” y, tras morderse la lengua, como luego se dice, aseguró que los jóvenes preparados en la Armada “estarían listos” de ser requeridos por el Estado mexicano. ¡Oh, sempiterno 5 de mayo que convocas a que las armas de la Patria quieran vestirse de gloria!.. aunque sea reprimiendo movimientos sociales.

Así, cual paráfrasis de aquél 5 de mayo de 1862 en que las tropas invasoras francesas y los conservadores mexicanos que las apoyaban eran derrotadas por los liberales al mando de Ignacio Zaragoza en la Heroica, después Preciosa, Puebla, los bandos se habían establecido claramente: de un lado, el de los invasores, las fuerzas armadas estatales y federales priístas y panistas, defensoras del derecho neoliberal de despojar tierras a comunidades y pueblos, la mayoría de los medios de comunicación extendiendo sus tentáculos y mostrando sus pulgares hacia abajo y los candidatos a la Presidencia, ya felicitando, ya guardando un silencio cómplice; del otro, los herederos de Numancia: las y los pobladores de San Salvador Atenco, el FPDT, las y los adherentes de la Otra Campaña que cumplían el primero de cientos de días presas y presos sin prueba de delito alguno, y los cientos al principio y después miles de adherentes que ése mismo día nos alistábamos para recuperar, nosotros sí, Atenco.

La tarde del 5 de mayo de 2006, la marcha encabezada por el delegado zero de la Comisión Sexta del EZLN, el subcomandante Marcos, y los contingentes de estudiantes de la UACh, el IPN, la UNAM y la UAM, llegaba al zócalo de Texcoco sumando poco más de 4 mil personas, el doble de quienes habíamos salido de Chapingo; cuando llegamos a la entrada de San Salvador Atenco, unos minutos antes de que comenzara a oscurecer, éramos ya unas 7 mil personas esperando, sin más armas que la razón y la dignidad, el encontronazo con los agentes de la ASE y la PFP quienes, a decir de Robledo Madrid, no se retirarían de Atenco sino hasta el 6 ó 7 de mayo; pero, cuando la marcha llegó a la plaza de armas, frente a la Casa de Cultura donde decenas de compañeras y compañeros como la enfermera Edith Rosales fueron golpeados y detenidos, no se veía ni un solo militar, ni siquiera a la policía municipal.

Poco más de tres horas duró el recorrido que terminó con un mitin frente al Auditorio Emiliano Zapata y que se vio coronado por los comunicados de Gloria Arenas, otrora detenida en el penal de Chiconautla, Ecatepec, y de América del Valle, a quien las policías estatales y federales buscaban hasta por debajo de las piedras. La cereza en el pastel la pondría Marcos al mostrar algunos cartuchos calibre .38, vacíos unos, sin percutir otros; “si revisan –invitaba el delegado zero- verán que son de la misma marca y el mismo calibre que usa la policía del Estado de México”. Como respuesta, el grito de “¡Asesinos! ¡Asesinos!” se iría haciendo unánime hasta retumbar en el centro de Atenco.

En la legislación mexicana se considera un delito incitar a la rebelión y a la desestabilización del Estado y sus instituciones. Por lo tanto, el perredista Nazario Gutiérrez Martínez, alcalde de Texcoco; los priístas Enrique Peña Nieto y Humberto Benítez Treviño, gobernador y secretario de Gobierno del Estado de México; el panista Vicente Fox Quezada, expresidente de México; los señores Roberto Madrazo, Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador, excandidatos presidenciales del PRI, PAN y PRD; los militares Wilfrido Robledo Madrid y Ardelio Vargas Fosado, entonces mandos superiores de la ASE mexiquense y la PFP; el abogado Eduardo Medina-Mora Icaza, extitular de la SSP federal y posteriormente, premiado por el gobierno (sic) calderonista, procurador General de Justicia, y, finalmente, los empresarios Emilio Azcárraga Jean y Ricardo Salinas Pliego, dueños de Televisa y TvAzteca, respectivamente, junto con los conductores y conductoras de sus noticieros, son responsables de instar a la desestabilización del Estado y sus instituciones: al no cumplir su palabra empeñada en las mesas de diálogo con floricultores de Texcoco e integrantes del FPDT; al insistir en despojar a los pueblos aglutinados en el FPDT de sus tierras, en nombre de proyectos que velan por las ganancias de los particulares por encima del derecho colectivo de las comunidades; al saludar el uso gubernamental de la violencia o bien guardar silencio por ello siendo líderes de opinión en sus partidos, dando así un espaldarazo a la impunidad; al dar carta abierta a sus subalternos para que cometieran toda la gama de atropellos que desearan, incluyendo la violación sexual contra mujeres como botín de guerra; al echar mano de los aparatos de justicia para condenar hasta por más de 67 años de prisión a luchadores sociales, como represalia política; al emplear concesiones del espectro radioeléctrico para fustigar a las fuerzas armadas en el uso de la violencia en contra de los movimientos sociales, y al no dejar a los pueblos y comunidades otra salida que la rebelión, como medida de defensa frente a un gobierno que desde todos sus niveles y poderes apuesta por la razón de la fuerza porque carece de la fuerza de la razón.

Siete años después, los asesinatos y las violaciones siguen impunes, sólo uno de los agentes que intervinieron en los atropellos fue consignado (para salir más tarde libre debido a que se consideró que su falta era menor), la mayoría de los funcionarios públicos continuaron en sus cargos y los que no, o renunciaron librándose de acusaciones en su contra, o fueron premiados por el gobierno de facto panista, el cual, dicho sea de paso, volvió a proponer la construcción del aeropuerto en Texcoco con el beneplácito del otrora gobernador priísta del Estado de México, hoy presidente de la República, y el ex-jefe de gobierno perredista de la ciudad de México. Mientras tanto, poco a poco, y gracias al oficio de sus incansables abogados, las y los luchadores sociales detenidos en Atenco el 4 de mayo fueron saliendo de prisión.

Dicen que la fortaleza y la dignidad de un movimiento se expresa en la respuesta que éste da cuando es reprimido y las y los suyos son golpeados. La Otra Campaña, ahora La Sexta, que durante 2006 fue vista por tirios y troyanos como los grandes aguafiestas del circo electoral, aunque sin poder real para impedir la sucesión de acontecimientos que dieron patente de corso a la burla de la voluntad popular expresada en las urnas porque su proyecto de nación parte de la construcción de otras formas de hacer política, no dudó en responder en la medida de sus fuerzas al llamado que la lucha les hacía: fueron a Chapingo y de allí a Atenco la noche del 3 de mayo para ser vejadas y vejados al día siguiente y seguir secuestrados por el poder todos estos meses; marcharon desarmadas, desarmados, ante lo que parecía el enésimo episodio de aquél acto bárbaro de represión; organizaron un sin de manifestaciones y mesas redondas para exigir la liberación de sus compañeras y compañeros; se mantuvieron en plantones afuera de los penales en que aquestos estuvieron secuestrados e interpusieron una y otra vez demandas de amparo que pusieran fin al rapto de Estado, y siguen exigiendo justicia en cortes internacionales, sumándose a movimientos consecuentes en su lucha contra el poder y echando mano de los medios de comunicación alternativa para levantar la voz y hacerla resonar en otras partes del planeta.

Es verdad, la respuesta por parte de las y los adherentes de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona no ha sido uniforme ni, mucho menos, masiva; pero ése 5 de mayo demostraron que ellas y ellos no serían como quienes diciéndose de izquierdas pactan con el poder, se toman fotos con los represores, se vuelven amigos de los despojadores y guardan silencio ante la masacre; traicionando la memoria de los más de 500 compañeros suyos asesinados por los mismos con que ahora andan, comen y brindan, destrozándose cuales buitres, por tener un asiento en la mesa del poder.

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