Bebida, racismo y literatura.


Publicado en La Jornada Morelos, en la sección Opinión, el 22 de enero de 2009.

Hace pocos meses que estoy en la ciudad de Mérida gracias a una invitación que pronto se volvió doble. Primero, la Escuela Superior de Artes de Yucatán, en especial la maestra Xhaíl Espadas, directora de Artes Escénicas, me brindó la oportunidad de impartir el módulo de actuación con especialidad en realismo que cursaría la generación de alumnas y alumnos más próxima a graduarse; después, José Ramón Enríquez, quien siendo mi maestro ahora me honra con su amistad, me convocó a ser parte del formidable equipo creativo que dio vida a su obra más reciente: Guerrero en mi estudio, de la cual escribí en mi anterior entrega.

Y, bueno, resulta que la muy otrora T’ho, sobre la cual Francisco de Montejo “El Mozo” fundara hace 467 años la hoy conocida Ciudad Blanca, no sólo se caracteriza por ser, con todo y sus cuerpos sin cabezas y sus cabezas sin cuerpos, exquisiteces propias de estas gerencias vueltas gobiernos, una de las urbes más tranquilas del país; sino, también, por “encarnar” una extraña combinación de racismo, y todos los desprecios y despojos que esto conlleva, con una vida cultural y artística tan rica y vasta que en tan sólo tres meses ha dado cabida a dos festivales atiborrados de espectáculos dancísticos, teatrales y musicales y a un congreso internacional de escritores.

Pienso, como botones de muestra, en dos situaciones; una de ellas surgida precisamente a raíz de que presentáramos Guerrero en mi estudio en el Festival de la Ciudad 2009, y la otra acontecida en el cierre del Congreso Internacional Bebida y Literatura, en el marco del mismo festival. Vamos al primer botón, donde la puesta en escena de José Ramón Enríquez fue recibida entre vítores y reconocimientos por las actuaciones, la dirección, la dramaturgia y los elementos creativos de la música y el video; pero criticada por ser demasiado reiterativa en cuanto a su discurso político: la “denuncia” de una sistemática negación del Otro, en este caso los pueblos indios, cuando resulta que ése Otro es parte consustancial del Nosotros que somos, lo mismo como Nación que como individuos, herederos de un mestizaje que, se insiste, ha sido más violento que amoroso.

He querido dejar entrecomillada la palabra “denuncia” porque Guerrero en mi estudio no me parece que sea tal cosa; al menos no que lo sea a la usanza del vilipendiado “teatro de protesta”, peyorativamente calificado de panfletario. Éste es un montaje y una obra que no parten de certezas, sino de reflejos distorsionados, cual esperpento, que son más bien preguntas; por supuesto, el autor y director tiene una posición muy clara, pero no la pone en la mesa como verdad única, sino para que juntas y juntos la pensemos. Así, por ejemplo, convocó una de las opiniones que más me han sorprendido: “no es verdad que exista dicha negación, la convivencia entre mayas y blancos es fraternal y civilizada, sin victimismos ni rencores”. Puede que sea verdad, puede que no. Yo, que casi todos los días he visto cómo la señora emperifollada con un terno finamente bordado o la vendedora de boletos de lotería vestida pobremente, ambas de piel rosada, empujan e insultan a las “mestizas” (apelativo que en el centro del país equivale al racista “marías”) que venden su artesanía en el centro, pienso que no.

Sin embargo, es el segundo botón el que me parece más indignante. Imagínese usted una sala plena a rebosar de hombres y mujeres pensantes que, por su oficio de escritoras y escritores, suelen ser, se supone, sensibles. Sienta cómo el aroma a café, entremezclado con el olor rancio de la alfombra, entra por su nariz unas veces con cierto toque a tabaco y otras en compañía del sudor etílico que despiden algunos cuerpos de los presentes. Quizás, su mirada llegue a cruzarse con la de Elena Poniatowska, pequeñita e incansable, o con la de Guillermo Samperio, soberbio en el mejor sentido de la palabra, como reza el estribillo de Sara Poot; pero no se detenga o se perderá de Myriam Moscona y Margo Glantz, ocupando sendas sillas en esta suerte de tablado para disponerse a cerrar con broche de oro la apología que aquí se ha hecho sobre las así bautizadas “aguas santas de la creación”.

Escuche cómo la una presenta a la otra, y como ésta, galopante en su “maratónico egocentrismo”, habla de unos sus criados, morenitos y patizambos, tzotziles para más señas, a quienes describe ladrones de su mejor whisky y, siempre según su narración, cogiendo sobre el tapete color marrón en el que su perra defeca sin que se noten las manchas parduzcas de sus excreciones. Pero, por sobre todo, escuche cómo el auditorio, pensante y sensible, no lo olvide, ríe a carcajadas y aplaude las “deliciosas ocurrencias” de la doctora Glantz.

Usted disculpará que ahora no rubrique mis humildes opiniones con alguna frase antilopezobradorista, como las más de las veces, o autocrítica para con el zapatismo, como las menos; pero creo que esta vez simplemente sobran. Además, las ganas de vomitar me lo impiden.

Salud.

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