Rebelión en la granja global.













Cuando Orwell escribió en 1943 la novela donde fabulara a lo Esopo el totalitarismo de corte estalinista posiblemente nunca sospechó, ni siquiera por haber dado vida a su profética 1984, que el Siglo 21 y su culto desmesurado por el progreso reditaría la alegoría de la “Granja Animal” en una suerte de amenaza epidemiológica donde la emblemática “Batalla del Establo de las Vacas” sería reducida en su versión posmoderna a las así llamadas “vacas locas” inglesas de finales del Siglo 20 y el liderazgo del Viejo Mayor, el pendenciero Napoléon y el vilipendiado Snowball, los tres cerdos con que el autor de Homenaje a Cataluña diera voz y rostro a los tres hombres más influyentes de la revolución rusa, en una extraña cepa de influenza porcina que mantiene en estado de alerta a los países de México, Estados Unidos y, por ahora, Centroamérica.

La pregunta que recorre desde los estrechos pasillos de las cocinas en fondas y restaurantes practicamente abandonados, hasta las desoladas salas de los cines, teatros y museos que han tenido que cancelar sus actividades dizque para reducir el contagio es, cada vez más, la misma: ¿qué hacer? Swift quizás recomendaría comernos a quienes ya fallecieron por haber contraído la A/H1N1 o, por lo menos, como ya se lee en el Facebook, mucha carne de cerdo para ir creando “antipuercos”; Saramago tal vez ensueñe un estado literario de sitio, para que las intermitencias de este nuevo ensayo no alcancen a otras regiones; García Márquez sugeriría, a lo mejor, dejar atados en mitad del patio a la descendencia de Úrsula y José Arcadio con todo y su cola de marrano en estos días de amor en tiempos de transgénicos, y Marx sólo alcanzaría a prologar que un fantasma recorre el mundo: el fantasma del proletariado retrógrada que murió de cáncer por comer lo que vende Monsanto, mientras el dueño de la transnacional se despacha, él sí, con frutas y carnes sin colorantes ni sabores artificiales, sin conservadores... todo muy naturalito.

Por lo pronto, la mejor respuesta sigue siendo la calma, la prevención y, lo que todo mundo evita traer a colación, la organización. Los gobiernos “legítimo” y de facto (que de los dos no se hace uno), donde uno llama a la defensa del petróleo en manos de gobiernos que por más nacionalistas no dejan de ser capitalistas y el otro ordena la intervención del ejército a la menor provocación en una mala versión de la primera película hablada de Chaplin (gracias por recordárnoslo, maestro José Ramón), han implementado medidas que, para decir lo menos, son erráticas. Esto es así porque, además de ignorancia, a quienes nos desgobiernan les asiste el desprecio que anida en ésa misma lucha de clases que José Ramón Enríquez nos invita a no perder de vista en su nota más reciente: la fiebre porcina que amenaza a México, al igual que la aviaria y la malaria hacen en Europa, África y Asia, no sólo es, entre otros factores, resultado de mutaciones que en buena medida ha encontrado idóneo caldo de cultivo en una sociedad donde las leyes del mercado han debilitado al organismo social en aras de aumentar la producción; sino que también se ceba en quienes tienen menos... menos poder adquisitivo, menos calidad en servicios públicos en general y de salud en particular, menos acceso a una información seria e inteligente, menos articulación positiva entre los nodos de su red social.

Revertir eso implica poner en juego lo mejor de nosotras y nosotros mismos, como cuando los sismos en septiembre de 1985. ¿Los gobiernos? Bueno, ellos están más ocupados en parafrasear a Orwell cuando se distribuyen antivirales sólo para quienes viven en el centro del país sin disponer de medidas preventivas para el resto y recetan la aplicación de los medicamentos antes que a nadie a las y los levantadedos de ambos desgobiernos cuyas nalgas sudan en las curules del Congreso de la Unión mientras duermen y firman “sin leer” los paquetes legales que además de ceder nuestra soberanía alimentaria a empresas como Bachoco, Maseca, Pilgrim's Pride o la ya mentada Monsanto, tienen responsabilidad jurídica y política de cara a la epidemia que se avecina. Que nadie se extrañe cuando en San Lázaro, escrito con letras de oro, pueda leerse aquello de que “todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros”.

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