Luz propia.

Había una vez un hombre enamorado de una mujer a cuya apariencia y embeleso (del hombre, se entiende) le escribieron una canción: "Era un toro enamorado de la luna". Era lógico, en la calle, en lo público, el hombre aquel parecía fuerte, decidido... todo lo que está sociedad y sus modos de producción dictan, en fin, que un hombre sea. Sin embargo, la verdad era que aquel hombre no era exactamente un toro; era, apenas, un hombre que se hacía el fuerte porque no quería que nadie descubriera lo débil y pequeño que se sentía. Y, bueno, a decir verdad, ella tampoco era la luna; a diferencia de la pobrecita luna, aquella mujer sí tenía luz propia.

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