De niñ@s, topos y chanekes: tres maneras de nombrar a la esperanza.*

"Habituado a sobrevivir en un mundo concebido para los adultos,
el niño necesita la magia de la máscara.
Dársela es abrir la puerta a los recursos más dinámicos de su fantasía.
Muchas veces ni siquiera necesita ponérsela:
le basta con hacerla."

José Gordillo. Lo que el niño enseña al hombre.


A finales de 1996, Rocío Flores, coordinadora del Centro Juvenil Progreso al norte del municipio de Jiutepec, solicitó apoyo a Cultura Joven para la realización de una actividad en torno a la celebración del Miquixtli, el Día de Muertos, con un grupo de niñas y niños de la comunidad.

Cuentan los viejos más viejos que desde hace muchos años, cuando el tiempo no tenía memoria y la memoria no tenía tiempo, en las montañas vivían unos pequeños duendecillos que cuando fueron apareciendo los pueblos bajaron a conocer a los hombres y a las mujeres que dentro de sus casas estaban, y que en su conocerlos les hacían muchas travesuras.

Lo que se nos ocurrió fue instrumentar un taller de elaboración de máscaras, porque la sola presencia de ésta despierta curiosidad no sólo en las niñas y los niños sino también en sus mamás y sus papás. La máscara otorga algo así como una investidura de poder a quien la usa, liberándole, por una parte, de los propios prejuicios o complejos que ata su creatividad y, por otra, dándole la confianza de hacer lo que normalmente le daría vergüenza, pues, detrás de la máscara, no somos nosotr@s sino otro, quien actúa.

La máscara nos permite ver el mundo con otros ojos revelándonos el misterio de alguna realidad oculta, esto lo sabían l@s habitantes primeros de estas tierras que hicieron de ella un elemento imprescindible en la mayoría de sus danza-dramas, dándole de esta manera rostro a nuestros dioses y demonios.

Así, por la curiosidad que despierta, el descondicionamiento conductual que suscita y los misterios que revela, la máscara provoca en quien nos ve una sensación de respeto y temor siendo ésta acaso la razón por lo que la máscara está ligada a la imagen estética de la muerte.

Dicen que los chanekes no sólo en el mundo de afuera viven y que si uno se asoma a las mentes de las señoras y los señores, seguro encontraremos dentro a alguno de estos seres enanitos escondido entre los pliegues que hacen los recuerdos.

Al llegar a la comunidad eché un vistazo por aquel lugar donde lo más visible, después de la iglesia, era la cancha de basquetbol. Por ahí se encuentra la Casa de Cultura, un espacio pequeño sin vidrios en la mayoría de sus ventanas, con carteles o maquetas de plastilina ilustrando aparatos respiratorios o sistemas nerviosos y montones de libros de texto apilados junto a pupitres desgastados.

Allí fueron llegando Maribel, Karina, Samanta, Fredy, César, Max, Jonatán, Giovanni, Rocío, Cristian, otro César, al que le decían "Chalín"; otro Jonatán (o "Hamurabi"), David, Oscar, Kenia, Sonia, Isaac, Mariana, Unises, Erick, Sergio, Luis Antonio, Edgar, Soila, Misael, Héctor, Rosi, Francisco y José Abraham.

Desde el inicio, ell@s tomaron las riendas del juego; sí, del juego, porque aquello se convirtió en un juego, ¡qué digo uno, en muchos juegos!

Uno se da cuenta de que en la casa hay chanekes porque los objetos cambian de lugar, encontrándolos luego en otro sitio diferente a donde uno los dejó; también porque burlan a los animales haciendo, por ejemplo, que los gallos todavía estén cantando a eso de las nueve o que los perros le ladren alguien que no está; también se suben a los estantes de los libros y comen las letras, las palabras, las frases y hasta las páginas enteras dejando el papel en blanco. Pero lo que más les gusta hacer, es tomar las ideas de uno cuando todavía están en la cabeza para que las digamos aún cuando no habíamos pensado decirlas.

Poco a poco fuimos pasando de los cuentos, los dibujos y las manualidades a toda clase de juegos. Así, las narraciones acerca de la cosmovisión indígena y el miedo europeo del siglo XVI para con la muerte, pronto dió paso a Los Encantados o Las Traes; las manos que tallaron caritas en huesos de aguacate, se agarraron con fuerza de otros cuerpos en El burro entamalado, y los rostros que una vez estuvieron cubiertos con vendas de yeso, se llenaron de sudor durante las cascaritas de basquetbol.

Yo entendía que el juego, más que ser útil para el proceso educativo en l@s niñ@s, es en sí mismo -parafraseando a Gordillo- el agente formativo más importante de la vida y que la actitud "adulta" de discriminar los juegos es el primer síntoma decadente del ser humano moderno. Pero, también sabía que cuando el juego y quienes lo jugamos no tenemos claro sus límites, éste se vuelve tenso, desesperado y no son pocas las veces que falla en su tarea de reafirmación.

Busqué maneras para decirles que aquello (según yo) no podía seguir igual; pero, encontrarme con la sonrisa en sus labios cada que llegaba de nuevo me enredaba las explicaciones. Tenía que decirles que sólo nos quedaban dos semanas para que estuvieran hechas, vestidas y con movimiento nuestras máscaras; pero, escuchar las historias que sucedían entre las paredes de sus casas y ver que al contarlas sus ojos unas veces se iluminaban y otras se humedecían me atoraba las palabras en la garganta. Debía decirles que si no "le metíamos candela" no tendríamos a tiempo una historia que representara ante sus mamás y sus papás nuestra manera de ver y de pensar la muerte; pero, sentir aquellos brazos pequeñitos que se asían con fuerza a mi cuello, me contagiaba el ánimo de hacerles caballito a todas y a todos.

Los lugares donde más se encuentran los chanekes son aquellos que están cerca de los cerros o las montañas, que es donde tienen sus hogares. Cuando los pueblos van creciendo y es necesario construir en los cerros nunca está de más fijarse antes si hay o no hoyos que puedan ser las entradas y salidas para las casitas de estos seres diminutos, ya que si se construye encima seguro se tendrán visitas de los chanekes todos los días y todas las noches, corriendo el riesgo de que le tomen a uno el corazón y encariñarse con ellos.

Así que no conseguí decir nada y llegó la fecha en que en la Ciudad de México se realizaría el Congreso Nacional Indígena, donde participarían más de 250 delegad@s de 36 pueblos indios de todo el país. Esta era una de mis fechas límite, pues, formaría parte de los cinturones de seguridad que cuidarían sobre todo a la Comandante Ramona.

Otra de las facultades con la que cuentan los chanekes, es la de adquirir la apariencia del animal que deseen, y que la mayoría de las veces y sobre todo en estos tiempos, suelen convertirse en topos que hacen de la noche su casa y de la tierna furia su esperanza.

Ese mismo mes, comenzamos con la coordinación del autonombrado Taller Permanente de Artes Escénicas "Mitote", que quiso guardar en el costal sus anhelos, junto a los sueños e ideales. Así, la participación de tiempo completo en este grupo de teatro hizo prácticamente imposible que regresara a Progreso. En cuanto al taller, faltó una plática planeada con las abuelas y los abuelos para que nos hablaran de los significados que tiene para ell@s el culto a l@s muert@s, nos quedamos a la mitad en la elaboración de aquellas máscaras de papel maché que a más de uno lo hubiera hecho recordar las calaveras de Posada y, principalmente, se acabaron los días en que gritábamos, brincábamos y correteábamos hasta hacer que las mamás fueran a ver qué pasaba.

De todo esto han pasado ya 20 años. El asesinato masivo de hombres, mujeres, niñas y niños se volvió costumbre de los de arriba y el silencio la actitud de much@s de l@s de abajo. Viejos dictadores se convirtieron en senadores vitalicios en sus países. Enfermedades sin nombre o con nombres cada vez más raros cobran más vidas. Los partidos políticos siguen su modo de pasearse de uno a otro lado del espectro idem sin principios ni ideologías. Los gobiernos imponen, como siempre, sus mentiras por la fuerza. Por fortuna, los viejos más viejos siguen también contando historias de topos y chanekes que, con máscaras de esperanza -es decir, de niñas y de niños-, habitan el lado izquierdo de nuestros pechos.


* Publicado originalmente (con algunos cambios) en Generación Z, No. Cero, Abril-Mayo de 1998.

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