2 de octubre no se... ¿qué?

“Nadie va a impedir que
pueda ejercer mi derecho a expresarme
en los 70 centímetros de democracia
que a cada ciudadano le corresponden”.
José Ramón García Gómez.

Septiembre ha llegado ya, por fin, a su fin; y, salvando la redundancia, la idea de la patria se va desdibujando del mismo modo artificioso con que se fue construyendo para llenar de banderitas y luces tricolores las principales arterias de las urbes y pueblos mexicanos. Pronto, muy pronto, el calendario festivo marcará la pauta de las nuevas vestiduras citadinas de clara inclinación, digamos, lúdicamente macabra y el papel picado de colores y las calaveritas de azúcar ocuparán el sitio que han abandonado las cornetas de cartón y los sombreros de ala ancha.

Sin embargo, entre una y otra festividad octubre se insertará con sus historias que nos hablan o, por lo menos, nos recuerdan que hay otra patria. Una patria distinta a la de los militares desfilando “pacíficamente” de cara a su comandante supremo y dizque en honor a esa misma patria. Una patria, sí, de soldados, pero adoctrinados en que resguardarla, a la patria, es sinónimo de reprimir a sus ciudadanos.

Hace 48 años, septiembre adelantaba lo que a octubre marcaría con la violación de la autonomía universitaria y la toma del Casco de Santo Tomás a manos del “glorioso” ejército mexicano. El 2 de octubre no vendría sino a convertirse en la cereza del pastel.

En su documental El caso Pinochet (2001), el cineasta chileno Patricio Guzmán entrevista, entre otras personas, a una mujer secuestrada y torturada por militares. Palabras más, palabras menos, ella preguntaba cómo podían Pinochet y las fuerzas armadas hablar de perdón, si quien tendría que perdonar no eran ellos, los militares, sino los hombres y las mujeres vejados por la dictadura; además, añadía, para perdonar se necesita que antes te hayan pedido perdón, y ni los militares ni el mismo Pinochet han pedido perdón, por el contrario, repiten una y otra vez que lo que hicieron estuvo bien.

¿Podríamos, en México, reconciliarnos con el ejército si ni siquiera se permite el claro esclarecimiento de su participación durante el período de la llamada “guerra sucia” o, más reciéntemente, en Tlatlaya o Iguala, y, al mismo tiempo, resguarda instalaciones petroleras para beneficio de las transnacionales extranjeras, no para el nuestro?

Con ese espíritu conciliador, por no decir de amnesia cómplice, que le caracteriza, Cuauhtémoc Cárdenas llegó a declarar que lo sucedido en 1968 fue responsabilidad de individuos y no de instituciones, y terminó exculpando a las fuerzas armadas. El mismo discurso han mantenido quienes encabezan los gobiernos neoliberales para justificar la filtración del narcotráfico en el Ejército, la Marina o la Fuerza Aérea.

La pregunta entonces es ¿por qué las instituciones castrenses no abren en definitiva sus archivos y declaran qué pasó y cómo pasó; quién dio la orden y quién la cumplió? Entonces también, la respuesta se adelanta: porque no fue un crimen realizado por personas en lo individual, sino un crimen de Estado. Un Estado cuyos detentadores hacen todo lo posible por cubrirse las espaldas, y donde casos como el Pemexgate, el Fobaproa, los Amigos de Fox, la represión en Atenco, el incendio en la Guardería ABC, la Casa Blanca de Peña Nieto o Ayotzinapa son sólo un breve muestrario de la impunidad vuelta moneda corriente en la justicia mexicana.

En su libro El tercer vínculo (1997), documento que se ha vuelto referencia imprescindible para entender la génesis del fenómeno de la militarización en México, Carlos Fazio sitúa el estrechamiento de la relación militar entre nuestro país y Estados Unidos en el intercambio de visitas entre el secretario de defensa zedillista, el general Enrique Cervantes Aguirre, y su homólogo estadunidense, William J. Perry. Unos meses antes, en Williamsburg, Virginia, se había llevado a cabo la Primera Cumbre de Ministros de Defensa de las Américas, supeditada a las reuniones que los presidentes de los países americanos, a excepción de Cuba, sostienen desde 1994 en el marco de la Cumbre de las Américas.

De entonces a la fecha nuestras fuerzas armadas no han hecho sino inclinar la cerviz ante Masiosare, el “extraño enemigo”, participando cada vez más de cerca de la estrategia de seguridad hemisférica dictada por Estados Unidos. De hecho, gracias el gobierno-del-cambio-ya-hoy-hoy-hoy-y-yo-por-qué, después de 40 años de fungir sólo como observadores, en la Conferencia de Ejércitos Americanos México adquirió el carácter de país miembro y se encargó de preparar la reunión de la Conferencia Especial sobre Seguridad de la OEA.

En Moctezuma II, de Sergio Magaña, el Caballero Tigre enfrenta a un Moctezuma Xocoyotzin que el jefe militar tacha de pusilánime: «¡Soy un jefe guerrero –dice– y la voluntad del pueblo debe ser guiada por la voz de los sacerdotes y por la clase militar!» Empero, unos minutos antes ya le había dado cuenta al antepenúltimo tlatoani mexica de lo sucedido en Cholula: el llanto, los gritos, los orines mezclándose con la sangre derramada y, finalmente, cómo salvó la vida arrodillándose ante Cortés. «¡Oh, qué valientes son los guerreros! –responde Moctezuma– y hace poco nadie los hubiera conocido (...) Hoy por fin quedo asombrado de su magnífica cobardía (...) Guerreros... nadie sacará palomas de los zanates.»


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