Benjamín Gómez Jiménez.


Esta noche, en el marco del Festival de Teatro Universitario que desde hace 16 años auspician la embotelladora de la Coca Cola en la Comarca Lagunera y el Instituto Tecnológico de Monterrey, el director y dramaturgo Benjamín Gómez Jiménez recibirá un merecido reconocimiento con motivo de su incansable labor tendiendo puentes entre las y los jóvenes de aquella región entre Coahuila y Durango y las artes escénicas.

Hablar de la obra de Benjamín Gómez Jiménez implica no sólo hacer un repaso por una dramaturgia cuyo universo abarca temas como el narcotráfico, las relaciones de pareja, la forma de hacer política en México, el amor a la vida, el alcoholismo, la opción preferencial de la Iglesia católica por los pobres, el suicidio o la defensa cultural de las tradiciones; sino, sobre todo, lanzar la mirada a casi 30 años de mantener contra viento y marea un proyecto artístico donde la imaginación, la sensibilidad y la inteligencia le ganan la jugada cada día, todos los días, al conformismo, la indolencia y la estupidez en un mundo marcado por la violencia.

Siempre he pensado que más que un hombre de teatro, que lo es y con todas sus letras, Benjamín Gómez Jiménez es una especie de misionero que en realidad al salir del Seminario se guardó los hábitos para hacer del Grupo Compañeros, fundado por él mismo en 1980 en la Preparatoria Federal por Cooperación “Calmecac” (mejor conocida como Prefema), más que una agrupación teatral su propio apostolado. ¿De qué otra manera puede entenderse, si no, el que a pesar de los pesares que él y los suyos conocen bien, su quehacer continúe rindiendo frutos a la sazón de 29 generaciones de noveles actrices y actores, cuatro libros publicados, por lo menos una veintena de obras escritas, entre cuarenta y cincuenta producciones y más de mil doscientas representaciones?

Sin embargo, dicho así, es cierto, los números dejan ver poco o nada de lo que en verdad puede llegar a significar la labor cultural del profe Benjas, como solíamos decirle (ignoro si todavía) sus alumnos. Tengo muy presente la vez que en el marco de la presentación de su primer libro, Fábrica de ilusiones y otras obras de teatro, editado por el otrora Instituto Municipal de Cultura en 1993, el maestro Benjamín dejó en manos de Adrián Sosa, Gustavo Torres y un servidor el montaje de tres versiones de sus propias obras: SaludSan Mateo de Arriba y Para siempre.

Aquella vez, la generosidad de quien el año pasado recibiera también el galardón “Santiago Lavín Cuadra” de Actividades Artísticas estuvo a prueba de todo. Por obvias razones, él había escogido para sí la adaptación y representación de Fábrica de ilusiones, cuyo montaje recién habíamos sumado al repertorio de la compañía. A Adrián, de la entonces camada de “los viejos”, le tocó remontar Salud, la cual él mismo había protagonizado cuando su estreno años atrás bajo la dirección, si no mal recuerdo, de Jesús Aviña. San Mateo de Arriba, una farsa sobre los procesos electorales que mi generación conocía a la perfección (me refiero a la obra, aunque también la farsa electoral nos la sabemos al dedillo), quedó a cargo de Gustavo. Y Para siempre, texto con sabor a obra didáctica, mucho más cercano a la tradición teatral latinoamericana influenciada por Brecht, del tipo de Buenaventura o Solórzano, quedó bajo mi arbitrio escénico.

Como era de esperarse, Fábrica... iba quedando justo como el maestro deseaba y Salud se afianzaba como una clara muestra de las bondades de la experiencia. La sorpresa, grata sorpresa, corría por cuenta de San Mateo..., donde Gustavo hacía derroche de un intuitivo entendimiento respecto al género (no perdamos de vista que carecíamos de formación teórica alguna) al grado de convertir su versión, según mi humilde y pobre entender de aquellos años mozos, en la joya de la noche. El garbanzo en el frijol o el prietito en el arroz (escoja usted el color favorito de su discriminación racial), la nota falsa, pues, la dimos en Para siempre.

Por principio de cuentas, nos dimos a la tarea de entrevistarnos con trabajadores textiles, como los de la obra, que sostenían una huelga que se conducía al fracaso, como la de la obra; renunciamos a usar la canción tema que como grupo siempre habíamos asociado con el montaje de Para siempreDime, de José Luis Perales, y en una especie de apropiación, aunque tampoco sin tomar distancia del patetismo y rayando inclusive en el mal gusto musical, escogimos Verbo no sustantivo, de Ricardo Arjona, y para colmo, en una suerte de coqueteo expresionista muy naïf colgamos literalmente a uno de los actores, el siempre solidario Jorge Villarreal, a guisa de un Cristo vestido mitad obrero y mitad campesino sobre una cruz que aparecía al final.

Las críticas al interior del grupo, sobre todo por parte de “los más viejos”, lo mismo que la duda entre nosotros respecto a si lo que hacíamos fuera “correcto”, no se hicieron esperar. Más aún, era evidente que al mismo maestro no terminaban por gustarle los cambios que habíamos propuesto, como se descubría en su mirada. No obstante, teniendo la facultad de dar marcha atrás con todo, al igual que había hecho un par de años antes cuando siendo también director del periódico Expresión de la Prefema abrió las puertas de la publicación al Consejo Estudiantil que presidíamos en 1991, Benjamín Gómez Jiménez no dudó en darnos su voto de confianza y la presentación del libro en el Teatro Isauro Martínez salió a pedir de boca.

A poco menos de 20 años, gracias a él o por su culpa, que cada quien le ponga como quiera, he continuado trabajando con grupos y compañías que creen en las artes escénicas como un derecho inalienable de mujeres y hombres libres, o con aspiración a serlo; egresé del Centro Universitario de Teatro de la UNAM, donde me encontré con otros seres igualmente maravillosos que él y que, como él, aman al teatro más que amarse a ellas y ellos mismos en el teatro, y estoy dirigiendo la puesta en escena con que se titulará la generación más reciente de egresados de la Licenciatura en Teatro de la Escuela Superior de Artes de Yucatán. Parafraseando a Raúl “El Ratón” Macías, puedo decir entonces, sin el menor rubor ni empacho, que todo se lo debo, si no a la Virgen de Guadalupe y a mi manager, sí a Dionisios y a mis maestros; de entre todos ellos, Benjamín Gómez Jiménez tiene sin duda un lugar muy especial no sólo por ser el primero: allí están sus obras y montajes para quien quiera corroborarlo; pero, sobre todo, la mar de historias de quienes a su lado comenzamos a volvernos hombres y mujeres. Gracias, maestro.

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