Menos balas, más... ¿qué?


A la familia Torres Cruz y su digna lucha.



Hace unos días, hijo, recibí un mensaje de Édgar Álvarez a través de su grupo en Facebook “Teatreros de México”; era un artículo de Luz Emilia Aguilar Zinser precedido de un texto en el que lamenta la mudez de buena parte de la harto difusa “comunidad teatral” ante lo que llama el exterminio abrumador y espeluznante que sucede en México: “Me preocupa mucho –enfatiza- que no estemos todos estremecidos ante este baño de sangre […] ¿Cuántos muertos, cuántas aberraciones más han de venir para que de todos los escenarios del país se escuche un rotundo y eficiente NO MÁS SANGRE, no más complicidades, no más impunidad?”

El mensaje de Luz Emilia fue saludado por el actor Raúl Adalid, no sin aclararle que hay grupos que sí han realizado acciones concretas contra la violencia, pero que no tienen los reflectores; “habría que preguntarse por qué quien [sí] los tiene no hace nada al respecto.” Raúl mismo había leído en Torreón la misma noche que fueron asesinados Julio César, Luis Antonio, Gabriel y Juan Francisco un mensaje en el que cuestiona el papel de nuestro oficio en estos tiempos demenciales: “Es tiempo ya de crear sociedades sensibles y conscientes que den batalla a la mezquindad, al egoísmo galopante y a la impunidad miserable del ‘no pasa nada’. Ha llegado la hora de decir verdades, de no dar crédito a la mentira de gobiernos que han creado seres humanos fantasmales que en su miseria de valores no saben distinguir lo que es bueno y malo.”

En efecto, son muchas las voces que desde el teatro y de cara a la violencia en que está sumido el país han dicho “esta boca es mía”; algunas, inclusive, con los reflectores de los que habla Raúl. Días antes del mensaje de Luz Emilia, Jaime Chabaud recordaba en Milenio que “bajo la leyenda ‘menos balas, más teatro’, un grupo nutrido de teatristas empujamos […] la inserción del artículo 226 bis de la Ley del ISR a favor de la producción teatral nacional” en el mismo espíritu con el que Javier Sicilia “pidió que inundemos con poesía el país en lugar de más Ejército y policía [aunque] a los oídos tecnócratas y gubernamentales esto suene a mafufada inconcebible.”

Tú y yo, mi amor, hemos leído juntos cada una de las notas que José Ramón Enríquez lanza como mensajes en botellas a la mar ciudadana desde su columna “Pánico escénico” en Reforma, insistiendo en que el consumo de la droga sea legalizado: “Difícilmente podría hacerse peor algo que, en principio, debía resultar tan claro: la prohibición produce asesinatos y fortunas ilegales. Pero todo, al paso del tiempo, se ha vuelto extremadamente complicado. Lo suficiente como para tener en jaque a una sociedad que no se merece la violencia que sufre y a un gobierno rebasado, sordo y envuelto en su monólogo.”

Y ahí está también el llamado que desde Sonora lanzó Sergio Galindo al frente de la Compañía Teatral del Norte, recogiendo el lema de “Menos Balas y Más Teatro” para, luego de reconocer que “sí, tenemos miedo”, afirmar que “no podemos, ni deseamos, ni consideramos responder con balas” a las balas; sino con la voz, el cuerpo, la sensibilidad: “preferimos nuestras armas de siempre, las que siembran en lugar de destruir […] Preferimos la verdad del Teatro […] La verdad que da vida, no muerte. La verdad que nos habla de frente, la que nos dice –riamos o lloremos- lo que somos y cómo podemos ser mejores.”

Voces todas, corazón, que son como pequeños retazos de indignación e inteligencia; que entienden que hay que restarle el plusvalor de muerte a una mercancía que no lo merece… porque ninguna mercancía lo merece… y que saben que el teatro, como las demás artes, de la mano de la educación y la cultura, es un buen medio para fortalecer ése tejido social que Sicilia, el Sup, la señora Wallace y muchos otros hemos dicho que está roto y urge reconstruir. Sin embargo, quiero insistir en que eso no es suficiente. Urge sacudirse el valemadrismo nihilista que caracteriza a artistas y creadores; urge ganar la calle y traducir en insurgencia civil, pacífica y noviolenta la buena voluntad (pero virtual) que campea en Twitter y Facebook; urge hacer que el próximo 8 de mayo, porque nosotros sí tenemos madre y mucha, nuestro grito de que “estamos hasta la madre” se convierta en sinónimo del “que se vayan todos” argentino; urge, como dice Sicilia, devolverle la dignidad a esta nación.

Postdata: Mientras escribía estas líneas Javier Torres Cruz, luchador social, ecologista defensor de derechos humanos, era asesinado en la sierra de Petatlán, en Guerrero; casi nadie recuerda que los primeros Zetas fueron militares enviados a la otrora Escuela de las Américas para aprender a asesinar a hombres y mujeres como Javier; pero, cuando alzamos la voz denunciándolo, pocos, muy pocos, se sumaron a nuestra condena. Hoy, el silencio cómplice de una sociedad entelevisada se ha vuelto el manto de sangre que nos cubre a todos.

Comentarios