La pinche estridencia postelectoral.


El analfabeto político es tan burro
que se enorgullece e hincha el pecho
diciendo que odia la política.
No sabe, el muy imbécil,
que de su ignorancia política
nace la prostituta, el menor abandonado,
el asaltante y el peor de los bandidos
que es el político corrupto y el lacayo
de las empresas nacionales y multinacionales.
Bertolt Brecht.

A poco más de un mes de la fecha que legalmente marca el límite de la calificación del proceso electoral por parte del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), todo parece indicar que la estridencia poselectoral que tiene harta a buena parte de los opinadores profesionales en los medios de comunicación irá in crescendo. No es extraño que sea así, aunque no se haya ido a la escuela, somos una sociedad repleta de expertos en todo: futbol, cuidado de bebés, relaciones erótico-afectivas, plomería, religión, consumo de sustancias tóxicas, electricidad, trastornos mentales y de comportamiento, mecánica; pero, por sobre todas las cosas, de política. «Hoy todos hablan de política –dice Hermann Bellinghausen–. Hasta los que no lo hacían».

Confieso que a mí mismo, que no soy un opinador profesional, también me resulta cansino. Sin embargo, veo que a cambio de eso quienes fueron a las universidades del país y consiguieron becas para estudiar en el extranjero hasta convertirse en los especialistas que hoy, como dice la frase rimbombante del lugar común, gobiernan los destinos de la nación, no parecen tener la más mínima idea de nada sobre nada: ante la crisis económica global, hablan de “catarritos” financieros o del espléndido poder adquisitivo que se tiene con un salario mensual de 6 mil pesos; para resolver un problema de salud pública, incendian el país esgrimiendo razones de “seguridad nacional”, o se saluda la labor de las telenovelas y El Chavo del 8 en eso de elevar el nivel de educación de jóvenes y niños.

Que la gente que los cretinos llaman de a pie sea todóloga no debería sorprendernos; para sobrevivir han tenido que ser, como Tránsito López, el personaje encarnado por Héctor Suárez en la película que dirigiera Roberto G. Rivera en 1981, milusos, y, al ritmo del eslogan ochentero de la campaña publicitaria propatronal que antecedió a la ahora inefable de ser Pepe & Toño, se han empleado a fondo en todo lo que se pueda, incluyendo la venta de su voto siempre burlado y ninguneado (dicen que las cosas se parecen a sus dueños) al mejor postor. Pero, ¿cómo se explica la ineficacia de quienes integran los expedientes que dejarán libre al delincuente y mantendrán al inocente pudriéndose en prisión; de quienes firman leyes que ni siquiera leen, otorgándoles poderes prácticamente ilimitados a empresas como Monsanto, Televisa-TV Azteca, Minera San Xavier o Elecnor; de quienes creen que para “combatir” al crimen organizado hay que dejar en manos de militares las instituciones de seguridad pública y sacar al ejército a las calles como si de llamar a un exterminador que acabe con las cucarachas de la casa se tratara?

Ante una sabiduría popular que no puede articular argumentos que la sustenten porque apenas y se aprendió a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir en un modelo educativo que se debate entre los intereses de Elba Esther Gordillo y sus secuaces y las inmorales exigencias de las empresas que en nombre del progreso y el desarrollo demandan una educación por competencias, la ineptitud que campea entre los profesionales de la economía, la política, el derecho y la administración pública y privada que trabajan en el servicio público, la iniciativa privada y no pocos organismos del tercer sector no puede sino producir sospecha e indignación. Nos es imposible creer que estamos ante un simple muestrario de desafortunados ejemplos de estupidez humana, es más fácil suponer e inclusive asegurar que estamos inmersos en una compleja operación de recursos creativos, materiales y humanos que en su crueldad y su ambición alcanzan grados de irresponsable criminalidad: no es que nuestros disfuncionales funcionarios públicos, y sus pares en la IP y la sociedad civil, sean tontos; son perversos.

Por eso no podemos creer que este proceso electoral se ha organizado y arbitrado, ni que será calificado, conforme a los principios de certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad que la Constitución demanda; no, cuando los partidos políticos, distanciándose cada vez más de su deber de representar a la ciudadanía, a la hora de repartirse el pastel electoral decidieron cuál sería la conformación del Consejo General del Instituto Federal Electoral (IFE) y qué personajes integrarían el TEPJF; no, cuando por lo menos los dos candidatos punteros a la presidencia iniciaron su carrera para ocupar la Silla del Águila mucho antes del banderazo de salida que marca la ley y aún así conservaron sus registros; no, cuando por lo menos las coaliciones que protagonizan el actual conflicto poselectoral se niegan a esclarecer sus respectivas estrategias y fuentes de financiamiento para saber si sí o si no, y por cuánto, rebasaron los topes en gastos de campaña; no, cuando se nos ha mostrado sistemáticamente que los profesionales de la política, la propaganda, el derecho y la economía no representan más los intereses de la sociedad que dicen representar, sino los ulteriores deseos de empresarios legales e ilegales que dicen no representar.

Creo que tiene razón Sabina Berman cuando escribe que el juicio electoral «debiera ser un juicio de la verdad contra la mentira», pues, la justicia, «hazaña aún superior [,] depende de la existencia de la verdad»; pero (otro “pero” más) como la verdad y la justicia parecen pertenecer más al ámbito de lo moral que de lo ético, mucho me temo, porque mis posiciones abrevan más de la ignorante sabiduría popular que de la especializada y muy inteligente ineptitud de quienes nos desgobiernan, que la verdad que se impondrá “arriba” parecerá una gran mentira vista desde “abajo”; ése “abajo” que, cuando no vende su voto porque en el capitalismo premoderno donde otros venden su historia o miles de cuerpos destrozados es casi lo único que puede vender, guarda románticamente su pedacito de dignidad para juntarlo con las otras piezas de un improbable rompecabezas de dignidades que “arriba” nadie ve ni escucha.

¿Sueno reduccionista o groseramente simplista? Puedo sonarlo aún más, nací y crecí en ése “abajo” que lleno de no menos contradicciones del “arriba” que lo ignora cae unas veces en la «melancolía reaccionaria de la resignación» y otras veces se sube a los sueños que “otros abajos”, de la mano de “medios” y “arribas” honestos, tejen contra las imposiciones y manipulaciones de todo tipo. Ése “abajo” que seguirá siendo frívolo, cursi y estridente para desgracia de buena parte de los opinadores profesionales y para beneplácito, paradójicamente, de la clase política que no le representa; pero que, por lo mismo, aún no ha dicho su última palabra.

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