Camino rojo a Barataria / II.

Serían cerca de las 10:30 de la mañana cuando A llegó a la Prefema y se sentó en la jardinera que estaba justo a un costado de la prefectura alargándose hasta la dirección y la biblioteca, que estaba a un lado. Lo acompañaba una mujer, joven como él, delgada como él y morena como él, con la mirada entre seria y sonriente, como la de él. Lo identifiqué casi de inmediato; no hacía ni una semana que lo había visto entre los organizadores del evento en la Primero de Mayo, así que no fue difícil acordarme de él. Me levanté de la jardinera en que yo estaba sentado, atrás de la sala audiovisual, «cuartel general» del grupo de teatro Compañeros, y, aprovechando que Laura aún no salía al receso, me acerqué a saludarlos y hacerles plática.

─Creo que Adela no vino hoy a la escuela ─adelanté queriendo parecer atento─; pero si sí, no tardará en aparecer: acaban de hacer sonar el timbre para la hora del receso.

─¿Cómo estás, tú? ─dijo A como si no hubiera oído nada de lo que le dije.

─Eh... Bien ─a lo mejor y no me había oído, insistí─: Adela...

─No venimos para ver a Adela ─atajó.

─Venimos para verte a ti ─terció la mujer que lo acompañaba.

─¡A mí! ¿Por qué?

─Pues, nos llamó la atención ─dijo A tomando la batuta de la conversación─ que cuando el evento del 1º de mayo te tomaras en serio lo que se conmemoraba.

─Bueno, nos habían invitado; ¿cómo no me lo iba a tomar en serio? De hecho, yo fui de colado, a quien invitaron fue a Adela y ella me invitó a mí, porque sabe...

Me quedé callado. Era como si, de pronto, me diera cuenta que estaba siendo estudiado en mi manera de hablar, en mis gestos, en mis respuestas.

─Porque sabe, ¿qué? ─preguntó la mujer que lo acompañaba retomando la conversación.

─Porque sabe que esas cosas me interesan.

─¿«Esas cosas»? ─inquirió.

─Sí, la política.

─¿Te interesa la política, entonces? ─intervino A─ ¿Y, para ti, qué es la política?

─Es dos cosas: que se pongan de acuerdo quienes no están de acuerdo y la lucha por el poder.

─De acuerdo, ¿para qué? ─continuó.

─Para lo que es mejor para todos.

─Pero, entonces, si se trata de ponerse de acuerdo, ¿para qué es la lucha por el poder?

─La lucha por el poder ─dije sintiéndome más en confianza─ es porque no a todos les interesa ponerse de acuerdo en lo que es mejor para todos; a algunos les interesa hacer su voluntad pasando por encima de los demás: tener el poder de decidir qué es y qué no es mejor para todos, aunque a veces, en realidad, no sea lo mejor.

─Entonces, más que ser una misma cosa, parecen dos formas de hacer política, ¿no? ─preguntó A ajustándose los cabellos que se le salían por debajo de la cachucha.

─Parecen, pero no. Lo ideal sería que nos pudiéramos poner de acuerdo por un bien común, de todos; pero es difícil saber qué es el bien común, sobre todo, cuando lo que está bien para unos no está bien para otros.

─¿La democracia? ─preguntó la mujer que lo acompañaba con la misma mirada que A: como poniéndome a prueba.

─Si no hubiera clases sociales ─respondí ya encarrerado─, habría democracia: nos podríamos poner de acuerdo; pero como hay clases sociales, donde unos tienen mucho y otros tienen casi nada, lo que sucede porque los otros son explotados por los unos, la política no es ya ponerse de acuerdo, como en la democracia, sino luchar por el poder.

─¿Lucha de clases, entonces? ─preguntó ahora él.

─Sí, lucha de clases: el poder, decía no sé quién, no se pide: se arrebata...

─¿Bebé?

Abrazándome por la espalda, Laura, que recién iba llegando, se había acercado a dónde platicábamos A, la mujer que lo acompañaba y yo sin que me diera cuenta; pero, antes de que pudiera decirle quiénes eran, Elsa, una de sus compañeras de clase, la llamó para preguntarle algo. Estaba, como siempre, hermosa. Aunque llevaba el uniforme y sobre éste su chamarra negra con puños azules, las caderas se le adivinaban debajo de la falda entablillada en cuadros negros y azules.

─¿«Bebé»? ─repitió A con un dejo de burla que compartía en complicidad con la mujer que lo acompañaba.
Sentí de inmediato cómo las mejillas comenzaron a arderme de la vergüenza.

─Este... sí; así me dice: es mi novia.

─Sí, bueno ─dijo la mujer que lo acompañaba─, eso es obvio.

─Tenemos que irnos ─agregó A─, se nos hace tarde y aún nos falta muchas cosas por hacer; pero luego te buscamos de nuevo. ¿Has leído el Manifiesto del Partido Comunista?

─¿El de «Un fantasma recorre el mundo: el fantas...»?

─Europa.

─¿Perdón?

─La cita correcta es ─dijo A, ya sin la sonrisa en la mirada─: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo.»

─Sssí ─respondí.

─¿Sí o no? ─volvió a preguntar como si en mi titubeo adivinara que mentía.

─Nno ─confesé.

─Pues, léelo; la próxima vez que te vea voy a hacerte algunas preguntas sobre lo que Marx y Engels dicen allí.

─¡Sebastián! ─a mis espaldas, Laura se despedía de Elsa y me llamaba para que estuviera con ella─ ¿Vamos por un elote?

Volví la vista para despedirme de A y de la mujer que lo acompañaba; pero, sin darme cuenta, ya se habían ido. Salvo una hoja de papel algo desgastada en los dobleces, no había un solo rastro de que hubieran estado allí, sentados en la jardinera. Al no obtener respuesta de mí, Laura se me acercó especialmente cariñosa y repitió su invitación formulada a modo de pregunta.

─Bebé, ¿vamos por un elote?

─Sí ─dije, entre avergonzado por saberme descubierto por A y la mujer que lo acompañaba en mi modo de ser llamado de cariño por Laura y destanteado porque no pude despedirme de ellos.

─Y, ¿ése papel?

─¿Eh?... No sé, creo que se les cayó a mis amigos con los que estaba platicando.

─¿Tus amigos?

─Sí...

─¡Mira! ─me interrumpió─ ¡Es una copia de los volantes que mandaste imprimir recién entrando al consejo!

─¡A ver!

Era verdad, se trataba del primero y único comunicado que había mandado a fotocopiar para repartir entre el alumnado anunciando que el consejo estudiantil se constituía, a partir de ése momento, en una especie de comité de apoyo a las y los maestros que habían emplazado a huelga a la sociedad de padres de familia de la escuela. Pero, ¿qué hacía esa hoja en la jardinera?

─Ven, deja de pensar en el consejo y en lo que pudo ser y lo que no pudo ser, y vamos por mi elote ─me dijo Laura dándome un beso en los labios; sabía que el sabor de su lápiz labial me hipnotizaba y no me hacía pensar en nada, más que en ella. Fuimos a los elotes; en su lugar, encontramos al señor de los raspados... ¿cómo es que se llamaba?... «¡Sale una úlcera!», gritaba cada que preparaba el raspado de su especialidad: de tamarindo o mango con salsa y toneladas de chile piquín... creo... no lo recuerdo bien; a pesar de que era el favorito de Laura, no recuerdo haberlo probado nunca. Mi mente, sin embargo, no estaba en el puesto de los raspados, sino en explicarme cómo es que había llegado aquél volante a la jardinera y quedado justo donde habían estado A y la mujer que lo acompañaba. ¿Acaso lo habrían traído ellos, como le dije a Laura? Y, de ser así, ¿lo habían olvidado, se les había caído, o lo habían dejado intencionalmente? Y, si lo habían dejado adrede, ¿cuál era su intención?, ¿qué pretendían con ello? Laura, mientras tanto, comía su raspado; al verla, sus ojos grandes y casi siempre tristes y sus mejillas redondas enmarcadas en su largo cabello oscuro, me fui olvidando del papel y de A y de la mujer que lo acompañaba. El receso hizo lo suyo y regresamos a nuestros respectivos salones de clase, no sin antes pasar a la jardinera a recoger nuestras mochilas. Un largo beso, de esos que me habían ganado el mote de «Chan Hot», y Laura y yo nos despedimos en espera de volvernos a ver cuando fuera la hora de la salida. De camino al salón, que podría haber sido cualquiera, pues, dependía de la clase que tocara, me metí la mano al bolsillo y encontré en él el volante.

─¡Sebas! ─me gritó Adela, a punto de entrar a su salón, dándose cuenta de que yo caminaba absorto en mis propios pensamientos─ ¡estás enamorado!

Y no se equivocaba, pero mi distracción no la provocaba esta vez pensar en los labios, los ojos o las caderas de Laura, sino aquél volante. Estábamos en el mes de mayo de 1993, ¿qué hacía allí un volante que se escribió y se fotocopió en noviembre de 1991? No podía ser una casualidad, A y la mujer que lo acompañaban lo traían consigo, no había duda; pero, al dejarlo para que yo lo encontrara, ¿qué me querían decir?

En 1991, las y los maestros del sindicato mayoritario de trabajadores de la escuela emplazaron a huelga a la sociedad de padres de familia en demanda del pago de salarios que les venían negando bajo diversos pretextos. Las planillas de alumnos que contendían para presidir el consejo estudiantil tenían ya rato queriendo ganarse la simpatía del resto del alumnado, pero a algunos nos preocupaba más la posibilidad cada vez más real del estallido de la huelga. No recuerdo si la idea de articular un comité de apoyo a la huelga fue anterior o posterior a la conformación del consejo estudiantil, el caso es que cuando llegó el día de la elección de la planilla que presidiría el consejo un grupo de alumnos que también éramos consejeros estudiantiles pero no formábamos parte de ninguna planilla habíamos alcanzado cierta notoriedad justamente porque estábamos hablando de impulsar la formación de un comité así. Fue el maestro Quiñones quién propuso que la elección se hiciera esa vez cartera por cartera y no planilla contra planilla, de modo que cualquiera, sin importar si participaba o no en alguna de las planillas, podía ser electo para ocupar alguna de las carteras. La asamblea votó la propuesta y se aprobó por amplia mayoría. Los nombres de las personas que ocuparían cada cartera fueron apareciendo escritos en el pizarrón por Adela en cinquinas: Becas, Deportes, Medio Ambiente, Prensa... en Cultura quedó la misma Adela... Honor y Justicia, Tesorería, Secretaría y Presidencia. Por primera vez en no sé cuánto tiempo, quizás en toda su historia, el consejo estudiantil de la escuela preparatoria federal por cooperación «Calmecac» no estuvo presidido por un alumno del tercer grado que, al ser de los más grandes, se supone sería quien mejor conocía a la escuela, a la comunidad estudiantil y sus necesidades; no, le tocaría, por azares del destino y decisión mayoritaria de la asamblea del consejo estudiantil, a un alumno del segundo grado que, además de ocupar su tiempo libre de todos los sábados para ensayar con el grupo de teatro de la escuela, solía abandonarse al ondulante vaivén de las caderas de su novia.

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