Camino rojo a Barataria / III.

Una mañana, no recuerdo cuál, se corrió la noticia de que el maestro que daba la clase de Dibujo Técnico Industrial en la Prefema había fallecido. Su viuda, en compañía de una o dos de sus hijas, visitaría salón por salón apelando a nuestra solidaridad para poder completar los gastos funerarios. A mí, el solo hecho de que la señora tuviera que pasar a nuestros salones me parecía un viacrucis que ella no tenía porqué experimentar. ¿Cómo era posible que un maestro perdiera la vida y sus deudos tuvieran que solicitar la ayuda de la comunidad escolar para cubrir el costo de algo que por derecho debía quedar abrigado por alguna prestación laboral como un seguro de vida? Ese día por la tarde aguardé a que mi padre regresara del trabajo y, confiado de sus conocimientos en derecho laboral derivados de su lucha sindicalista, le pregunté por la posible prestación que cubriría ése y otros gastos. Mi padre me habló de una pensión por muerte, pero que dicha prestación dependía en buena medida de si el trabajador cotizaba o no en alguno de los institutos públicos de seguridad social; al tratarse de un maestro, lo más probable es que cotizara en el ISSSTE, pero habría que ver, porque el hecho de que la Prefema fuera una escuela por cooperación desplazaba la figura del patrón del Estado a la asociación de padres de familia y quizás la cotización fuera en el IMSS. En último caso, de no cotizar en uno o en otro, según entendí, quedaba como opción el pago de un seguro de vida a una aseguradora privada.

Como quien no quiere la cosa, le pregunté a uno de mis maestros más cercanos y en cuya opinión más confiaba por ser quien dirige el grupo de teatro de la escuela: el maestro Benjamín, si ellos, las y los maestros de la Prefema, cotizaban en el ISSSTE, el IMSS o estaban asegurados por una asegurada privada, y me respondió que en el IMSS. Por ése tiempo comenzaba a ponerse de moda un programa de televisión donde el conductor esgrimía contundente: «¿Sabe qué?, no se deje.», mientras golpeaba con su puño cerrado sobre el escritorio desde el que supuestamente despachaba un sinfín de cartas con quejas y denuncias de todo tipo que, con el poder de su empresa de comunicación, redirigía a quien correspondiera darle solución. No lo pensé dos veces y le escribí al conductor denunciando la situación de la familia del maestro de Dibujo Técnico Industrial; al cabo de un par de semanas, quizás un poco más, recibí una carta enviada de alguna dirección administrativa del IMSS diciendo que el maestro nunca había cotizado en el Instituto y, como eso no tenía sentido, porque el profe Benjamín me había dicho lo contrario, me fui con todo y carta a preguntarle al maestro Pedro, quien según yo era dirigente del sindicato mayoritario, qué podía estar pasando. El profe Pedro, buenísimo para las matemáticas, no sabía qué responderme: lo que tenía delante de sus ojos no tenía nada que ver con ciencias exactas, y me pidió que le mostrara la carta al maestro Serrano, un profe que mientras apuntaba en el pizarrón sus ecuaciones te pedía que no escribieras nada en tu libreta para que pusieras atención y si lo hacías, si escribías mientras él te explicaba la ecuación que iba desarrollando en el pizarrón, te lanzaba cual Fernando Valenzuela el pedazo de tiza con el que iba escribiendo.

Creo que, de algún modo, aquella carta aceleró varias cosas: las y los maestros de la Prefema...

¿Por qué insistes en llamarle «Prefema» y no «Calmecac», que es como en verdad se llama tu escuela?

Pues, porque la mayoría de la gente la conoce como Prefema, acrónimo de Preparatoria Federal Matutina; cuando escuchen o lean «Calmecac» no sabrán a qué escuela me estoy refiriendo.

Y, ¿de cuándo a acá te importa lo que la mayoría piense al respecto?, antes te valía un carajo; te parecía, incluso, discriminatorio que teniendo la «Calmecac» más turnos que sólo el matutino: el vespertino, el mixto y el nocturno, «la mayoría de la gente» se refiriera a tu escuela como Prefema.

Pero la mayoría...

«La mayoría», «la mayoría»; ¿qué mierda es «la mayoría»? Antes, si lo que opinabas no correspondía a la opinión de la mayoría, no te importaba; ¿por qué ahora sí?

Ahora tampoco me importa; si me importara sería lopezobradorista o priísta o panista, según a dónde soplara el viento; vería el televisor y todo mi mundo estaría cifrado en las estupideces que allí pasan; repetiría lo que los demás dicen sólo por ser aceptado... ¿qué sé yo qué más haría?; sólo estoy pensando en darme a entender, pues, aunque crea que nadie me leerá, espero que alguien lo haga y ése alguien puede no saber de qué estoy hablando si digo «Calmecac» en lugar de Prefema.

Habrá muchos a quienes «Prefema» tampoco les diga nada; porque tus posibles lectores, no hablemos de los probables, no serán laguneros: cada que mudas de ciudad, cambias de historia y quemas las naves de dónde vienes. ¿Qué te hace pensar que a alguien de La Laguna le interesará lo que tengas que decir de unas tierras que hace mucho abandonaste y a las que sólo miras por equivocación?

Yo no sólo las miro por equiv...

¿Cuándo te has preocupado en verdad por una sola de las vidas que dejaste atrás? ¿Cuántas veces en casi 20 años has llamado por teléfono a Alfonso, al maestro Benjamín, a Laura? No sabes ni siquiera qué ha sido de Romualdo. No recuerdas los nombres de quienes estaban en el consejo estudiantil que presidiste, como tampoco de quienes estaban contigo en el Comité «Durito» de la CND... vaya, ni siquiera estás tan seguro que así se llamara tu comité. La gente que te importaba te ha valido madres; ¿qué carajos puede importarte «la mayoría»?

...

...

¿Crees que mi carta haya acelerado algo de cómo estaban las cosas en la escuela?

No, no lo creo.

La verdad, siendo sincero, yo tampoco.

─¿Leíste El manifiesto del partido comunista?

─¿Eh?... Ssí.

─¿Sí o no?

─Sí, sí lo leí.

─Ahora vas a leer ¿Qué hacer?, de Lenin?

─...

─¿No dices nada?

─Nno.

─Hemos hecho algunas investigaciones y...

Ahora era A quien titubeaba.

─¿Y...?

─¿Tu papá estuvo en la Liga?

─¿Qué Liga?

─¿Cómo que qué Liga? La 23 de Septiembre.

─¡Mi papá!; no, no creo. La lucha de mi papá ha sido siempre en el terreno del sindicalismo, sobre todo el periodismo sindical.

─Pues tenemos información de que estuvo en La Liga.

─Pues, me temo, sus informantes se han equivocado; porque, que yo sepa, no.

─Que tú sepas; quiere decir que entonces sí pudo haber sido parte de La Liga.

─Bueno, ¿quiénes son ustedes: policías?

─No, no somos policías; pronto vas a saber quiénes somos. Pero, mientras eso pasa, léete el ¿Qué hacer?; nos veremos hasta la próxima semana... Otra cosa: ve pensando en un nombre de batalla.

─¿Un nombre de batalla?

─Sí, ¿a poco tú te crees que mi verdadero nombre, mi nombre legal, es A?

─...

─Adiós.

¿Y la carta?

¿Eh? ¿Cuál carta?

La carta donde te respondían del IMSS que el maestro de Dibujo no había cotizado en el Seguro Social; ¿qué pasó?

Nada.

¿Nada?

Nada. A los maestros les debían salarios de tres o cuatro meses y, por la carta, se dieron cuenta que quien debía haber pagado al IMSS las cuotas que se les descontaban durante años no lo había hecho, y, sin embargo, no pasó nada.

Y, ¿entonces?

Entonces, nada... Bueno, sí: tomamos la Dirección. No recuerdo qué fue primero, si la marcha a las oficinas de la SEP en Torreón o la toma de la Dirección; supongo que la marcha. Exigíamos la intervención de las autoridades en el deslinde de responsabilidades: ¿Qué había pasado con las cuotas que se les descontaban a los maestros, pero que nunca llegaron al IMSS? ¿Por qué los maestros llevaban ya tres o cuatro meses sin recibir su sueldo? Creo que lo dije antes: al tratarse de una escuela por cooperación, la figura del patrón está depositada no en el Estado, sino en la asociación de padres de familia; su mesa directiva era, pues, responsable del retraso en los pagos a los maestros. Muchas preguntas y ninguna respuesta. Así que tomamos la Dirección. La presidencia del consejo estudiantil convocó a las y los consejeros de todos los grados y por su conducto se consultó al resto de la comunidad la posibilidad de tomar la Dirección. No se trataba de que fuera la acción de unos cuantos: la toma de la Dirección debía estar respaldada por la comunidad estudiantil en pleno. Dos consejeros de cada grupo escucharon la exposición de motivos ésa mañana. Exigíamos investigación a fondo sobre las cuotas del IMSS y otros recursos, pago inmediato de salarios retenidos, deslinde de responsabilidades y castigo a los responsables; pero no sólo eso. Pedíamos también la destitución de la mesa directiva de la asociación de padres de familia, en tanto su figura patronal, y, por sospechas de connivencia entre el dirigente del sindicato minoritario (que era quien recogía las cuotas que debían pagarse al IMSS) y la dirección y subdirección académicas, ocupadas por integrantes del mismo sindicato, la sustitución de estos. Los consejeros regresaron a sus grupos y replicaron la exposición de motivos, al cabo de un par de horas la consulta se había efectuado y la determinación del consejo estaba en la mesa. A la mañana siguiente, a primera hora, cerramos con cadenas las puertas de la Dirección. Una parte de la asamblea de padres de familia estaba de nuestra parte, de hecho, junto con las y los maestros del sindicato mayoritario, habían marchado con nosotros a las oficinas de la SEP en Torreón... si es que la marcha fue antes... creo que sí... así que nombraron una mesa directiva alternativa de la asociación de padres de familia. Por parte de las y los maestros, en especial los del sindicato mayoritario, hicieron lo propio y, en común acuerdo con el consejo estudiantil, se nombró una dirección y una subdirección académicas en rebeldía: nos iríamos a paro, pero sin detener las labores: tomábamos el control de la escuela, pero decidíamos continuar con las clases, clases que por el carácter del movimiento fueron resignificadas adquiriendo un nuevo y polisémico valor. Estábamos en pie de lucha.

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