Adiós políticamente incorrecto a don Félix Serdán.

Doña Emilia y Don Félix.
Foto: Hernán Osorio.
En septiembre de 1994, no recuerdo exactamente el día, las y los integrantes de la así llamada presidencia colectiva de la Convención Nacional Democrática convocada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, reunidos en asamblea permanente en la ciudad de México, hacíamos el análisis de lo que desde la perspectiva de los movimientos y luchas que representábamos (porque algunos sí representábamos algún movimiento o alguna lucha) había sido la jornada electoral de la que resultaba vencedor legal, que no legítimo, el globalifílico chacal de Acteal Ernesto Zedillo Ponce de León.

Aquella presidencia convencionista, que el EZLN terminaría señalando a través de la voz del Comandante Insurgente Tacho como llena de puros generales, emprendía el ejercicio, cada vez más difícil, de escuchar lo que cada una y cada uno de sus integrantes, en especial quienes llevábamos la voz de las convenciones regionales o estatales, compartía con respecto al diagnóstico que desde abajo y a la izquierda, valga el anacronismo reivindicativo, se hacía de la primera elección federal en tiempos del llamado neozapatismo (Carlos A. Aguirre Rojas dixit).

Por un momento, según mis recuerdos, la balanza parecía inclinarse hacia la aceptación de que las elecciones de 1994 habían sido limpias; sin embargo, Manuel Laborde Cansino y yo, que teníamos por encomienda llevar a esa presidencia la mirada coahuilense de Saltillo y La Laguna, respectivamente, no opinábamos igual y así lo hicimos saber a un pleno donde algunos, sobre todo los intelectuales, nos descalificaron por hacerlo y otros, en particular las y los compañeros de otras luchas, nos saludaron por lo mismo.

Entre los segundos estaba don Félix, cuya sonrisa picarona le habitaba la mirada enmarcada en sus cejas tipo estilo loco-valdez cuando bromeábamos acerca de que no podríamos presumirle a nuestros nietos haber estado en aquella CND, pues, quien sea que haya escrito en los documentos fundacionales de ése esfuerzo los nombres de quienes participábamos en él, había puesto mal tanto el suyo como el mío, al grado de que él era Félix Jordán Nájera y yo Carlos García López.

La CND (insisto: la convocada por el EZLN; el artículo en Wikipedia que habla de las CND zapatista y lopezobradorista lo hace con tal desaseo que se confunden una con otra), concluyó que la jornada y el proceso electorales de 1994 habían estado marcados por el fraude desde el hecho mismo de que la campaña del Estado y su partido estaba caracterizada por la ya vieja práctica de asustar a la ciudadanía con el petate del muerto de que votar en contra del PRI (como llamábamos a hacerlo el EZLN y la CND) sería votar por el caos y la violencia; a mí me tocó trabajar en la redacción del boletín de prensa que lo comunicó a la sociedad en su conjunto y yo mismo, junto con doña Rosario Ibarra y don Pepe Álvarez Icaza, lo leí ante los medios comerciales de información en Cencos. Mucha agua ha corrido desde entonces en el río, Heráclito.

A don Félix lo volví a ver muchas otras veces, ya que cuando vino el relevo en la representación de la Convención Regional Democrática de La Laguna ante la CND zapatista y yo con mi inexperiencia de 19 años encima dejé de ser integrante de su presidencia colectiva, me mudé a Morelos para hacer teatro con el Grupo Cultural Zero; así, conocí a doña Emilia y su casa en Tehuixtla (más de una vez llevé a mi mesa el fruto de su trabajo en su huerto sin pesticidas ni abono tóxico); así, nos encontramos de nuevo en la fundación del Congreso Nacional Indígena, donde él recibiría de manos de la Comandanta Insurgente Ramona la bandera que el EZLN había dado antes a doña Rosario Ibarra al frente de la CND y yo, de ser observador por parte de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Morelos, terminé siendo parte del cinturón de seguridad de Ramona en torno al CUC en Copilco.

En 1998, unos meses antes de que naciera mi hijo y de cara a los trabajos de la Consulta Nacional por el Reconocimiento de los Derechos de los Pueblos Indios y por el Fin de la Guerra de Exterminio convocada por el EZLN, conocí a Mónico Rodríguez (no le gustaba que lo llamara don Mónico, porque, decía, él no era ningún don), compadre de Rubén Jaramillo y, junto con él, fundador del Partido Agrario Obrero Morelense (PAOM) que, entre sus muchas acciones, organizó la lucha de carácter obrero dentro del jaramillismo.

Al llegar a su casa y recibirnos con una generosidad que me hizo sentirme en confianza, suponiendo que al ser también un veterano jaramillista le daría gusto platicar sobre don Félix, le conté de cómo lo conocí y de lo vanaglorioso que me sentía de que alguna vez me hubiera dicho que yo era de esos jóvenes a los que podía pasar la estafeta. Mónico, a quien unos minutos antes le brillaban los ojos luego de haberle dicho que yo había llegado a Morelos de su natal Torreón con una nostalgia similar a la que él tenía por Tampico, endureció el rostro y sentenció: espero que no sea la estafeta de esconderse cuando más se le necesita.

Yo no sabía, sino hasta esa tarde, que don Félix, a quien el EZLN en uno de sus muchos gestos simbólicos nombró mayor honorario, había sido, lejos de lo que piensan y escriben muchos de los actuales articulistas que como yo lamentan su muerte, algo así como el ala más conservadora del jaramillismo. Mónico, me lo contaría Pepe Martínez, había sido, por decirlo de algún modo, el ala roja, la mano izquierda de Rubén Jaramillo; por lo que el mismo Mónico confió aquella tarde, entendí que don Félix había sido, como se dice ahora, aunque con otro sentido, su mano derecha.

A Mónico no lo volví a ver: en diciembre de aquel 1998, el día 4, para ser más exactos, se nos adelantó camino al Mictlán; con él se llevó sus memorias al frente de la lucha obrera en el ingenio azucarero de Zacatepec y aquel cañón antiaéreo que fabricó con chatarra obtenida de quien sabe dónde, sus pláticas sobre El Machete (editado por un PCM que terminaría expulsándolo) y sus lecturas de Bujarin, su anticlericalismo y su crítica acérrima a todo lo que oliera a mojigatería. A don Félix, en cambio, me lo volví a topar en la vida muchas otras veces; siempre con la bandera mexicana que le diera Ramona, siempre con doña Emilia.

No puedo dejar de sentir dolor por la muerte de don Félix. Lamenté mucho la muerte de Mónico, porque estaba consciente de la doble pérdida que su ejemplo de lucha y su claridad política representaba; sin embargo, la partida de don Félix, quizás porque fue con quien de los dos más conviví, me cala hondo: yo no conocí al Félix del que hablaba Mónico, conocí al Félix que incansablemente se solidarizaba con cuanta lucha le salía al paso; al Félix en el que vi no a don Félix mismo, sino al jaramillismo que yo idealizaba; al Félix del que, al conocer a Mónico y reconocerme más en sintonía y de acuerdo con él y con el jaramillismo que en él descubrí, me distancié.

Dos años después de la muerte de Mónico dejé Morelos. No lo hice definitivamente: mi hijo, lo digo con todo orgullo, nació en aquellas tierras que yo, a pesar de las derechas y las pseudo-izquierdas que las mal gobiernan, sigo llamando zapatistas y, para mi fortuna, regreso siempre que puedo a su encuentro y al de mis amigas y amigos que más que eso son una de mis familias adoptivas. De todos modos, mis pasos me llevan cada vez más lejos; tanto que, en esta especie de autoexilio donde también he ido encontrando gente que quiero y admiro, me voy enterando como queriendo no hacerlo de la muerte de don Félix sin poder despedirme de él.

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