Una compañía, para que sea compañía, debe ser eso: compañía.

Fabián Romero Castro (Sebastián Liera)
y Sor Joaquina del Monte Carmelo (Alicia Lara), en
Camino rojo a Sabaiba, de Óscar Liera.
Dirección: Sergio Galindo.
Corría el año dos mil tres cuando Sergio Galindo Sánchez, hijo de don Melitón y doña Josefina, cruzó la puerta de vidrio de la entrada del Centro Universitario de Teatro ése que está en la UNAM; iba, cuentan las malas lenguas, dizque a dirigir lo que en veces se llama la puesta en escena de titulación de la Generación 2000-2004.

El más chico de los Galindo llevaba un sombrero vaquero, algo parecido al akubra australiano, que impedía que los rayos del sol le pegaran de lleno en el rostro y cubría la calva que le había ganado el mote de “El Pelón” entre sus amigos más cercanos. Estaba recién llegadito de su natal Hermosillo, Sonora, lugar donde unos años atrás, casi diez, había echado a andar la que bautizó como Compañía Teatral del Norte.

Para aquellos muchachos universitarios, tan crecidos en las ínfulas que creían que no les olían los pedos, Galindo era un ranchero al que había que aclararle que para titularse no querían algo menor a un Shakespeare o un Sartre. No faltó, sin embargo, el vato que viniendo del norte mencionó como no queriendo la cosa a un tal Óscar Liera; pero, “El Pelón” ni siquiera pareció oírlo. Los nombres de obras como El sueño de una noche de verano y Las moscas fueron danzando en el aire.

De pronto, Galindo hizo un silencio y preguntó al morro aquél:

–¿Qué de Óscar Liera?

–¿Camino rojo a Sabaiba?, dijo el escuincle con una timidez tal que aquello pareció más bien una pregunta, y Galindo regresó a la charla de hadas y duendes que se entremezclaban con los hijos de Clitemnestra y Agamemnon.

Y, de pronto, otro silencio:

–¿Por qué Camino rojo a Sabaiba?

Tras la respuesta quedaron atrás la Atenas donde retozaban Oberón y Titania y la Argos que recordaba a la París ocupada por los nazis, la clase se trasladó a este país que más tarde, aunque nadie entonces lo imaginara siquiera, se caería a pedazos.

“El Pelón”, sin dejar de ser un ranchero, fue para aquellos muchachos el maestro que les enseñó que el mejor teatro, el más universal, es el que habla de uno y de la tierra de uno; el maestro que, además, les mostró las entrañas de su propia compañía para, como quien dice, enseñarles que nadie, ni el más chingón de los indios serranos, puede hacer las cosas solito como vino al mundo: que el teatro, para que sea teatro, debe hacerse con los demás, en colectivo y en complicidad; que una compañía, para que sea compañía, debe ser eso: compañía, pues… pero, pos quien lo entendió lo entendió, y, quien no, pos ni modos.

*

Final después de los créditos que, obvio, puede no estar: El morro aquél que le sugirió montar Camino rojo a Sabaiba, trastocado por haber encarnado al teniente de infantería Fabián Romero Castro, empezó a llamar a “El Pelón” con el mote de Capitán. Todos pensaban que le decía así porque le reconocía como quien había llevado a buen puerto el barco aquél que fue la puesta en escena de la obra de ése tal Óscar Liera; la verdad es que con ello, según los mentideros, lo que hacía era decirle que siempre estaría a sus órdenes y que la Compañía Teatral del Norte sería para él Su Compañía aunque, como el hijo bastardo de la Carmen Castro, estuviera siempre lejos y perdido.

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