Leaving USA / Bienvenido a México: Historia de un bracero.

Diseño de imagen: Elsa Lara.
Estoy de nuevo en casa. Son las 8 de la noche, así que esperaremos a que sea hora de pasar a la sala en unos 30 minutos, supongo. El plural no es mayestático: Malky viene conmigo. Le he dicho que quiero ver Leaving USA / Bienvenido a México (Historia de un bracero), escrita a cuatro manos por Gilma Tuyub y Carlos Medina; tengo años queriendo hacerlo, acaso cinco años. Quizás exagero (probablemente la obra no tenga tanto). De cualquier modo, Malky se ha sentido animada a ver también la puesta en escena dirigida por Gilma y actuada por Carlos.

Entramos por la puerta de La Casa de Ágata, el bar-cantina-cafetería que algún día, eso esperamos, sostenga económicamente a Tapanco (hoy, por lo menos, quizás pague dos o tres salarios). El lugar no es precisamente un dechado de orden: Ágata no abre hoy y el espacio es todo un galimatías. El caos se crece cuando un par de jóvenes, o tal vez un trío, decide amontonar las mesas y las sillas de la otrora tetería de Tapanco en el paso que colinda entre la escalera que lleva a las oficinas, la barra y el pasillo a los baños.

Malky y yo llegamos hasta la taquilla, donde Carlos y Gilma platican con Lorenzana; el tema, por lo que alcanzo a oír, es la reservación de dos o tres o cuatro boletos para la función de hoy. Carlos me ve y con esa humildad y esa calidez que le caracteriza me saluda. ¿Cómo estás?, me pregunta. ¿Qué te trae por aquí? ¿Estás ensayando algo? Sí, le digo. Pero, ahora vengo a ver una obra que se presenta hoy a las 9. Se sonríe. Me sonrío. Nos sonreímos. Gilma y él se despiden: Espero les guste, nos dice a Malky y a mí. Seguro que sí, respondo, y agregó el ritual: ¡Mucha mierda!

Lorenzana nos pregunta si llegamos en bicicleta: si respondemos que sí, nos hará, dice, un descuento. Respondo que venimos a pie (miento: llegamos en auto), que tiene más mérito (llevo más de un mes buscando comprar una bicicleta que cumpla mis expectativas estéticas y prácticas y no lo consigo porque todas las que reúnen los requisitos cuestan más de cuatro mil pesos y yo tengo más de tres meses desempleado), pero eso no parece importarle: hay una especie de cuota hipster en esto de venir a ver teatro que uno tiene que cubrir para gozar de ciertos privilegios.

El par (o trío) de jóvenes que arrumbaron las mesas y las sillas de la otrora tetería de Tapanco; hoy, galería Bestiario; son la artista visual Gloria Teyer y, supongo, su novio y una amiga de ambos (supongo). Han llegado antes que Ceci y despejan el área del Bestiario para la inauguración de su exposición No Signal. Ceci es la encargada de organizar la exposición de Teyer, así que no demora en llegar; pero, pregunta por Bryant y Alejo, quienes aún no llegan. No es la única que pregunta por ellos: a pesar de que en la pared del acceso principal a La Casa de Ágata se puede leer que Ágata no atiende los jueves, no dejan de aparecer señores que quieren, ora una chela, ora un café, y preguntan por “los encargados”.

La curaduría de No Signal es, por decir lo menos, pobre y descuidada; sin embargo, los bocadillos que trajo el papá (supongo) de Teyer para la inauguración sirvieron para hacer más llevadera la experiencia de ver la obra expuesta (experiencia que para mí, neófito en estas cosas del arte visual, se agota en cinco minutos) y menos desesperante la espera del inicio de la función de teatro (espera que duró media hora porque, al parecer, no encendía la mezcladora de audio). Así, pues, el acceso a sala se convirtió por fuerza en la tercera llamada.

Leaving USA / Bienvenido a México es una obra que inscribiéndose en la tradición del teatro regional yucateco de humor blanco tiene mucho de stand up comedy o, para decirlo en castilla, comedia de pie o en vivo; pero, a diferencia del género popularizado por Fred Allen y Jack Benny en la primera mitad del Siglo XX, Carlos Medina no pasa por el autoescarnio sino que interpreta a un hombre humilde originario de Oxkutzcab: Anacleto Koyoc (o K’oyoc, o K’uyoc), un migrante que más pronto que tarde se volverá simpático, acaso entrañable, para el espectador.

No por nada el subtítulo de Leaving USA / Bienvenido a México, que con esta brevísima temporada rebasa las 50 representaciones, es Historia de un bracero: Anacleto Koyoc, un campesino pobre, indígena maya, casado, con mujer y cinco hijos como el Segundo López Sánchez de Ángela Figuera Aymerich, nos cuenta las razones de su ir y venir de México a Estados Unidos y de retache en esta especie de tríptico donde la risa se le termina a uno congelando en una mueca por demás vergonzosa y ridícula en un final que no les cuento para burlar el spoiler teatral. Al reírse Anacleto de sí mismo y hacernos sus cómplices, terminamos riéndonos de nosotros mismos y del dolor que produce un país cuyos niveles de pobreza no hacen sino expulsar a sus hijos a otras tierras o a la muerte.

Sí, un tríptico. O, en todo caso, un díptico con su epílogo que le dicen. En la primera parte, la que me atrevería a intitular como Bienvenido a México / Leaving USA, Anacleto nos convierte en sus compañeros de viaje al regresar al país que abandonó para construirse un mejor futuro: “Ante nuestros ojos –se lee en el blog de Aura Producciones–, las aventuras de Anacleto cobran vida, sus desaciertos, desilusiones, su lucha por sobrevivir en una frontera que no perdona. A punto de abandonar esta empresa, a punto de desfallecer, una ligera esperanza aun (sic) brilla en sus ojos. Logra conseguir empleo en una tierra ajena, a cambio de entregar años de duro trabajo, para darle una mejor vida a su familia, para darles un bienestar económico tan anhelado.”

Un díptico cuya diégesis ha sido urdida por Tuyub y Medina como si de un reflejo se tratara, pues, cuando Anacleto regresa a México es cuando conocemos la historia de cómo se fue y cuando se va la de cómo regresa. Así, en la segunda parte, la que yo llamo Leaving USA / Bienvenido a México, Anacleto vuelve a los Estados Unidos: “Los años (han pasado) y los hijos (crecieron) teniendo como única imagen a la madre, la imagen del padre poco a poco (se ha ido) transparentando con el paso de los días, los meses, los años.” Y, nosotros, los espectadores, somos de nueva cuenta los compañeros de viaje a quien no parece quedarnos otra que escuchar cómo el esposo de Basilia descubre que es ya “un extraño para todos, (sus) hijos han crecido y (…) no es más aquel hombre que un día se fue.”

En su libro Resistencia popular en Yucatán. 1980-2004, Mauricio Macossay Vallado (2010) escribe que “Yucatán ha venido creciendo demográficamente a un ritmo regular, aunque decreciente”: de un ritmo anual del 4.3 por ciento en los setenta, a un ritmo del 1.99 por ciento en los noventa. ¿Las razones? “Una reducción en la tasa de crecimiento natural de la población y (…) una pequeña pero significativa migración de personas de otras entidades hacia Mérida”; pero, sobre todo, “la migración hacia otras entidades, particularmente hacia Quintana Roo (…) y crecientemente hacia Estados Unidos, sobre todo en los últimos años.” ¿La sinrazón de las razones? “La agricultura y la pesca cayeron en términos reales desde 1993 (…) En el año 2000 la agricultura brindaba ocupación a sólo 106 mil personas, 17% de la población económicamente activa (PEA) yucateca total, cuando en 1983 brindaba ocupación a más de 150 mil personas, 37% de la PEA.” [1]

Una década más tarde a lo referido por Macossay, el Índice de Intensidad Migratoria México-Estados Unidos 2010 publicado por el Consejo Nacional de Población (Conapo) reportaba que Oxkutzcab, de donde es originario Anacleto, era uno de los municipios yucatecos que más personas expulsa a las tierras de Donald Trump. De hecho era el segundo, lo que le había ganado ocupar el lugar 228, de 2 mil 457 municipios, a nivel país; sólo por debajo de Mama, que hace cinco años ocupaba el lugar 121 en la estadística nacional. [2] En 2013, según nota de Iván Duarte para Sipse publicada en Milenio Novedades, Oxkutzcab se mantenía como uno de los municipios más expulsores junto con Cenotillo (que en 2010 ocupaba el lugar 3 a nivel estatal): “tan sólo de (Oxcutzcab) hay más de 15 mil yucatecos viviendo en los Estados Unidos” de los 41 mil yucatecos que llegó a reportar el INEGI un año después: el 36.5 por ciento. [3]

Tuyub y Medina, con la colaboración de Wendy Cruz en la iluminación, Ariel Cámara en la musicalización, Eduardo Mosqueda en los elementos escenográficos y Elsa Lara en el diseño de imagen, nos cuentan, pues, una historia que lacera al sur de Yucatán pero toca a todo el estado: en 2003, según cifras del Conapo, personas de sólo 15 municipios (de un total de 106) no habían migrado todavía (Macossay, 2010); en 2010, nada más tres municipios: San Felipe, Tekom y Uayma, contaban con un grado nulo de intensidad migratoria (Uribe Vargas, L.M., Ramírez García, T. y Labarthe Álvarez, R., 2012); en 2015 parece que únicamente San Felipe no ha expulsado a nadie. Aún así, la historia de Anacleto está contada con mucho humor y, por qué no decirlo, ternura. Un humor y una ternura que, lamentablemente, no contaron con la complicidad técnica para hacer de este inteligente texto una representación que fuera más allá de la anécdota.

Personalmente, creo que el foro de Tapanco es un peligro si no se lo conoce bien y no se ensaya en él a conciencia. Quizás exagero con la palabra “peligro”; más bien habría que decir que se vuelve un enemigo: al terminar la función, Carlos Medina agradeció la presencia del respetable y disculpó a su compañía por la tardanza para iniciar. Tuvimos que usar nuestro equipo, dijo, porque el equipo de aquí no servía. No sólo eso: al diseño de iluminación, por demás sencillo y efectivo, no le fue de mucha ayuda la combinación de unos atenuadores de luz que llegados a un punto se volvieron estroboscópicos y la filtración al escenario de las lámparas encendidas del camerino. Sobra decir que la coreografía del epílogo, pudiendo ser mucho más poderosa y sorpresiva visualmente hablando, terminó siendo patética al no poderse realizar los intercortes de luz que exigía la secuencia final de “flashazos” y “diapositivas”: era imposible no ver a Carlos entrar y salir del escenario cargando su maleta, cuando la intensión que se adivina es que debía aparecer y desaparecer a la vista del espectador.

Carlos Medina es un actor de una generosidad sin cortapisas en la escena y la mancuerna que hace con Gilma Tuyub da como resultado un producto complejo, rico en emociones, inteligente; pero, amén de lo difícil del espacio que les alojó, personalmente eché en falta el uso extracotidiano de energía que le conozco de otros montajes y, a lo mejor, un poco más de tiempo por parte de Gilma para diseñar cómo enfrentarse a ése foro lleno de trampas donde el entarimado de madera no cesaba de moverse a cada paso dado por Carlos y cuyas vestiduras no eran todo lo limpias que el montaje merecía. No se me malinterprete: al ver Leaving USA / Bienvenido a México podemos ver que la obra se sostiene en un rigor tal que de no hacerlo no podría llevarse a cabo la función. Ése rigor está en la investigación que sostiene la dramaturgia, en el entretejido narrativo del drama, en el trazo simple pero eficaz del uso de un espacio a la italiana, en las tablas y la enorme experiencia de un actor cuya humildad y generosidad, insisto, no tiene remedo. Quizás lo único que faltó es tener una encerrona de días en el foro que les permitiera descubrir sus obstáculos y sacarle provecho a sus posibilidades.

Termina la función. De los bocadillos de la exposición ya no queda ni el recuerdo. Yo no probé ninguno. También la artista y sus acompañantes han desaparecido. Me voy con la sensación de agradecimiento por la honestidad del trabajo que acabo de ver en escena y la vergüenza, no muy ajena, de que mi casa se caiga a pedazos o haya estado tan en pésimas condiciones para alojar a los colegas de Aura Producciones. Me doy cuenta de que es 10 de diciembre, Día de la Declaración Universal (en Occidente solemos ser algo hiperbólicos, por no decir mamones, al bautizar las pequeñeces que hacemos) de los Derechos Humanos. La función de hoy, la número 51, bien hubiera podido servir para hablar de los derechos de las y los migrantes; pero todos estábamos demasiado avergonzados como para darnos cuenta de la afortunada y desaprovechada coincidencia.

Sé que en Tapanco mis amigos, que son también mi familia, trabajan muy duro todos los días para mantener en pie ese foro, ese espacio: nuestra casa. Son unas chingonas y unos chingones y no nada más yo lo sé. Sólo que, a veces, en medio de tanto desmadre, no parece ser suficiente. Sé, también, que soy corresponsable de ése desbarajuste y me siento muy avergonzado para con Gilma y Carlos; ojalá decidan seguir trayendo su Leaving USA / Bienvenido a México a esta la que también puede ser su casa. Ojalá en Tapanco, este heroico y maravilloso proyecto, igualmente generoso y hasta valiente, hagamos lo necesario para que así sea.


Referencias:

[1] Macossay Vallado, M. (2010). Resistencia popular en Yucatán 1980-2004. Chapingo, Edo. de México: Universidad Autónoma de Chapingo / Plaza y Valdés.
[2] Uribe Vargas, L.M., Ramírez García, T. y Labarthe Álvarez, R. (2012) Índices de intensidad migratoria México-Estados Unidos 2010. México: Consejo Nacional de Población.
[3] Véase Duarte, I. (16 de diciembre de 2013). Cada seis yucatecos van tras el sueño americano. Milenio-Novedades. Extraído el 15 de diciembre de 2015 desde http://sipse.com/milenio/en-2013-emigraron-a-estados-unidos-2284-yucatecos-sueno-americano-66396.html

Comentarios

  1. Me gustó mucho tu reseña. Yo sí soy de la sesta. Anarcosesta, porque uno tiene que decir su filiación en voz alta cuando se criminaliza a l@s herman@s zapat@s y anarc@s. Abrazo. http://isabelarango.blogspot.com
    @adelmoral

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    1. Muchas gracias, Adriana. Yo también soy adherente de La Sexta; es un gusto enorme poder encontrarnos por estos lares virtuales, de nuevo. Abrazo grande de retache, compa.

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