Es 29 de enero, aunque sea 3 de febrero.

Es 29 de enero... sí, aunque estos apuntes aparezcan, por decir algo, el 3 de febrero, es 29 de enero todavía. En Los hijos de los días, Eduardo Galeano escribió: «Hoy nació Anton Chejov, en 1860. Escribió como diciendo nada. Y dijo todo.» Estoy en el departamento que rento desde hace poco más de siete años. Es un muladar que, voltee para donde voltee, me deprime. Hoy no leí ninguna noticia… tiene días, acaso semanas, que no lo hago… así que no sé cómo va el mundo. Es como si no me importara nada; como si estuviera anestesiado. Continúo con esta tos de perros que nomás no me suelta: las flemas no dejan de estar pegadas a mi pecho por dentro. Ayer y hoy, el hoy que está a unos minutos de volverse ayer, estuve, como mis flemas (sí, ya las adopté) a mi pecho, pegado al ordenador… sí, me gusta más decirle ordenador que computadora o computador; me vale madres si con ello convoco las risitas burlonas de dos o tres cretinos, los del día de hoy, que con ínfulas nacionalistas quieran tacharme de “gachupín”. Y, sí, decía: estuve pegado al ordenador… Faltan cuatro minutos para las 12 de la noche; las 00:00… No estuve pegado todo el día, pero es la sensación que me quedó. Estaba trabajando parte de los últimos detalles que me tocaba revisar con miras a la clase masiva… así le decimos, aunque masiva, lo que se dice masiva, fue sólo la clase del 17 de enero de 2015; cuando Kaaxankilil se echó a andar… Falta un minuto para las 00:00 horas… faltaba menos; son las 00:00 del 30 de enero de 2016. En Los hijos de los días, Galeano escribe: «La catapulta. En 1933, Adolfo Hitler fue nombrado canciller de Alemania. Poco después celebró un acto inmenso, como correspondía al nuevo dueño y señor de la nación. Modestamente, gritó: –¡Yo estoy fundando la Era de la Verdad! ¡Despierta, Alemania! ¡Despierta!, y los cohetes, los fuegos artificiales, las campanas de las iglesias, los cánticos y las ovaciones multiplicaron los ecos. Cinco años antes, el partido nazi había obtenido menos del tres por ciento. El salto olímpico de Hitler hacia la cumbre fue tan espectacular como la simultánea caída hacia el abismo de los salarios, los empleos, la moneda y todo lo demás. Alemania, enloquecida por el derrumbamiento general, desató la cacería contra los culpables: los judíos, los rojos, los homosexuales, los gitanos, los débiles mentales y los que tenían la manía de pensar demasiado.»

Tengo sueño. Pero leo a Galeano, en particular lo que escribió para el 30 de enero, y me quedo pensando en el fascismo como consecuencia, digamos, “natural” del modelo de producción capitalista y en la estupidez, en la falta de conciencia, como consecuencia de la ignorancia, la estulticia… el aletargamiento… el anestesiamiento como en el que yo me encuentro ahora. Pienso también en “los culpables” de los que Galeano escribe. Miro mi andar, mi palabra, mi quehacer: soy uno de “los culpables”; por lo menos pertenezco a dos de los grupos sociales que menciona Galeano, y con todos he caminado hombro con hombro siempre que he podido… también con otras, con otros. No, no me vanaglorio de ello. No lo digo por presumir nada; lo digo, simplemente, porque así ha sido y se me hincha la regalada gana decir, escribir, lo que, simplemente, ha sido. No sé bien a bien el porqué; pero, así ha sido… Tengo sueño… No tengo servicio de Internet (con mayúscula inicial; como Estado, como Derecho… digamos que aún me cuesta mucho trabajo faltarle intencionalmente el respeto a esa institución que es la ortografía dictada por la Real Academia Española… ¡Qué rico escribirlo todo en minúsculas: nombres propios, instituciones, siglas, letras iniciales posteriores al punto y seguido o al punto y aparte… todo… como hace, o hacía, no sé, Rubén Ortiz!)… Tengo sueño y pienso que me gustaría poder dejar hasta aquí este pensar, más que en voz alta, en dedos sobre el teclado; pero, como se trata de un apunte para mi bitácora electrónica… sí, me gusta más decirle bitácora electrónica que blog; me vale madres si con ello convoco las risitas burlonas de dos o tres cretinos, los del día de hoy, que… me vale madres. Tengo sueño. Y, más que de mi sueño y de todas las otras pendejadas que he escrito hasta ahora por poco más de media hora, yo quería escribir qué es eso de Tlatulteketke, el nombre con el que he intitulado mi bitácora electrónica en T e a t r o n, en Tumblr y, ahora, en Blogger.

Creo que mejor lo haré mañana… Un mañana que, en realidad, ya es hoy desde hace 30 minutos: son las 00:30, 00:31………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….. 00:32. Y, tengo sueño.

* * *

El día 30 encendí el ordenador para continuar el intento de decir qué es eso de Tlatulteketke; sin embargo, no logré ir más allá: estuve muy ocupado en la realización de la clase masiva de Movimiento Vital Expresivo para Kaaxankilil… Movimiento Vital Expresivo… quizás en algún momento escriba algo sobre lo que entiendo de qué es eso de Movimiento Vital Expresivo… o comparta el vídeo que Alejandro Atocha nos hizo, donde Malky lo explica... o el que nos hizo Luis Ramírez: es, además de muy claro, más sintético. La clase masiva no fue, del todo, de nuevo, masiva: llegaron unas 35 personas a la sesión y otras, no sé, ¿diez?, a tomarse la foto del recuerdo, la de la celebración de este primer aniversario. Así que el ordenador sólo se quedó solo, encendido y solo, nada más: no tuve tiempo de escribir nada. Como terminé con un dolor de cabeza que ni yo mismo me aguantaba, tan pronto llegamos a casa de Sastal, la hermana de Malky, me tiré a la cama de Malky y no supe más de mí hasta que sonó el despertador para alistarme e ir a la entrevista con Wilbert Piña... hasta la tos de perro de los últimos días se apiadó de mí. Malky planeaba ir a ver Mestiza Power, de Conchi León, pero no encontró el mensaje donde la misma Conchi le había dicho la hora y el lugar donde sería la función, así que me acompañó a la entrevista con Wilbert. Una rica entrevista: hablé de mis inicios como actor en Torreón, en el Grupo de Teatro “Compañeros”; de mi cercanía con la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Morelos y, por esa vía, con algunas, muy pocas, comunidades indígenas nahuas… y, de otras cosas, como mi llegada a Yucatán con mi hijo (soy un papá soltero) para trabajar en la ESAY y con el maestro José Ramón Enríquez en su Teatro Hacia el Margen; de la campaña Theatre Uncut que me acercó a Tapanco Centro Cultural, de la temporada de funciones en honor a Juan Francisco Kuykendall Leal; de la primera experiencia de trabajo con Yaaxil (tu Ser, Desarrollo e Integridad, A.C.) y la labor con jóvenes mayas del sur del Yucatán en conjunto con IEPA, A.C., y de Kaaxankilil… pero es en lo de mi encuentro con comunidades indígenas nahuas en lo que quiero detenerme. De hecho, más que en mi encuentro con las comunidades, que se limitó a un par de visitas a Santa Catarina, un taller de periodismo comunitario en Xoxocotla que duró apenas un mes y mi trabajo de observador de un congreso estatal de pueblos indígenas en Xochicalco (que luego me llevó a ser observador de la fundación del Congreso Nacional Indígena y ser integrante del cordón de seguridad en el CUC, en Copilco, donde se hospedó la Comandanta Insurgente Ramona del EZLN), en lo que quiero detenerme es en el momento específico en el que la palabra tlatulteketke, neologismo muosieuale proveniente de dos palabras: tlatul, ‘palabra’, y teketke, ‘trabajador’, llegó a mi vida.

Hay raíces de las que somos conscientes; hay otras de las que no. Yo, por ejemplo, sé que en mis venas corre, por el lado de mi padre, sangre indígena guachichila o huachichila, según la ortografía en castellano que se use, que me viene de dos de mis bisabuelas cuyo lugar en mi árbol genealógico siempre confundo: Juana y Juliana. Las confundo porque siempre olvido de quién fue mamá cada una de ellas: si Juana de mi abuelo Nicolás o de mi abuela Socorro y si Juliana de Socorro o de Nicolás… creo que Juana lo fue de Nicolás y Juliana de Socorro, creo. Sé también que por ése mismo lado genealógico me corre sangre española y francesa (la francesa, del sur de Francia; no sé si de la región euskera o de la occitana, pero creo que lo es de ésta última); me vienen, respectivamente, de Ignacio, quien entiendo fue algo así como un caporal que le hizo una hija a Juliana y luego se desentendió de ambas: de Juliana y de su hija: Socorro, y de Longinos, un hombre que un día se vio enrolado en las tropas francesas que ocuparon el norte de México en tiempos de Juárez y Maximiliano y que, cuando esas mismas tropas se retiraron, desertó para quedarse en donde ahora es el estado de Nuevo León, donde sobrevivió, cuentan las malas lenguas, robando vacas. Por el lado de mi madre, un hilo genealógico que se tiende en el sureste mexicano, me corre sangre también española… al menos eso creo… del lado de mi abuela Jesús, quien tuvo que cambiarse el nombre al de Erika porque su segunda religión, la de su marido, Adventistas del Séptimo Día, no permitió que se llamara como quien dicen es el hijo de Dios (Dios, otra de esas instituciones como Estado e Internet a las que no puedo aún faltarles el respeto ortográficamente hablando), y, se cuenta que también antillana, pues, la madre de mi abuelo Carlos, se dice, llegó a México de Cuba. Se dice también que por ahí en la familia algo hay de sangre alemana, pero creo que eso pertenece a esos pasajes de historia familiar que por un extraño pudor moralista… bueno, todos los pudores lo son… prefiere no contarse. ¿Qué de esos genes se refleja en el Sebastián que ahora soy?, no lo sé. Al parecer, la redonda negritud de mi nariz y de mis nalgas son herencia antillana (el grosor y la longitud de mi pene, con o sin erección, parece que no); así como un cierto impulso vital que se acciona cuando entro al mar o la música de tambores djun djun repercute en mi piel y en mis entrañas. Mi altura, siendo hijo de una señora chaparrita como mi madre, pareciera ser herencia germánica: mi abuelo Carlos, su papá, que parecía alemán, era muy alto. Lo francés, lo occitano o lo euskera, no sé, quién sabe dónde habrá quedado, pero desde niño, sin saber bien a bien el porqué, he soñado con ir por aquellos lares donde Euskadi y la Occitania hacen frontera como quien va a un lugar donde está sembrado su ombligo aún antes de saber que quizás de por aquellas tierras llegó el tatarabuelo Longinos. Lo español, como la mayoría de las y los mexicanos, lo traigo por lo menos en la palabra y, muy probablemente, en el color de la piel (aunque éste, el color, puede ser resultado de una mezcolanza de genes), y el cante jondo me conecta instintivamente a las mismas vitalidades que los cantos yorubas. Lo indígena, lo huachichila o guachichila, según la ortografía en castellano que se use, debe andar por ahí, en la piel, en la mirada; yo suelo decir que lo traigo en la memoria.

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