Arte, sí; armas, ¿no?

Todo comenzó porque Felipe Calderón Hinojosa, como ahora Enrique Peña Nieto, envió por conducto de su secretario de Hacienda y Crédito Público una iniciativa de presupuesto que reducía...… ¿cuánto?… ¿de cuatro a cinco millones de pesos?… los recursos destinados a eso que algunos llaman Cultura. Una afrenta similar se cometía contra la Educación y ambos agravios se veían acrecentados porque, por otro lado, el presupuesto a las Fuerzas Armadas sería engordado.

Así que, algunos viejos chamanes y un titipuchal de aprendices de brujo, integrantes de esos que don Pepe Gordillo llamó "hordas de pintorescos y bellos neuróticos" en su libro Lo que el niño enseña al hombre (Trillas, 1992), salieron a las calles como antes lo habían hecho las madres y hermanas de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, los trabajadores del SME que luchaban (y aún luchan) por impedir la privatización de la industria eléctrica, los pueblos indígenas que caminan por un nuevo pacto social que los incluyan como parte sustancial de la nación mexicana o los campesinos que un buen día dijeron que el campo no aguantaba más.

Al frente, encabezando una marcha que ni siquiera habían convocado, Marta Verduzco, Luisa Huertas y Gabriel Pascal caminan portando unas playeras negras como distintivo; a alguien se le ocurrió que, en tanto integrantes de la autonombrada Academia Mexicana de Arte Teatral, debían ir al frente de la manifestación. No van solas, no va solo; les acompaña, entre otros, el otrora presidente de la Sociedad General de Escritores de México y dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda (†) y la actriz Julieta Egurrola, quien tiempo atrás había encarado a Vicente Fox en la entrega de unos premios nacionales de artes y ciencias en nombre de los presos políticos de Atenco.

La manifestación, al principio raquítica, llegaba a la intersección de Reforma y Juárez y allí, teniendo como fondo El Caballito de Sebastián, el escultor salinista que además de una vasta obra que es la delicia fiscal de empresarios y gobernadores tiene unos padres con buen gusto para los nombres; allí, decía, un grupo de jóvenes vestidos con trajes producto de algún vestuario reciclado posan ante las cámaras que no se dan abasto con tanto color y tanta forma. En cualquier momento, la vanguardia de la marcha estaría llegando a la altura del hotel Sheraton, donde los gobiernos capitalinos, sean del color que sean, suelen ordenar que sus granaderos se aposten para cuidar la exclusiva área de la cotizada Slim City; pero, a diferencia de cuando quienes se manifiestan son integrantes, por ejemplo, de la CNTE o de la Otra Campaña, los dizque guardianes del orden brillan por su ausencia.

Avenida Juárez, donde el asfalto fuera anfitrión del mega plantón de las luchas ciudadanas por la defensa del voto y testigo de la huelga de hambre que algunos integrantes de la APPO sostuvieron en el Hemiciclo a Juárez, se convierte en pista para los estudiantes de la Escuela Nacional de Danza Folclórica, quienes frente a Bellas Artes protagonizan una parada mexikatiaui enfundados en sus jeans Pepe's o Furor saludando a los cuatro vientos con la voz de algún caracol. Al otro lado de la acera, la librería Gandhi hace de telón de fondo a los encuentros que sostengo con Ana Luisa Alfaro y Gilberto Guerrero, mis amigos de Perro Teatro, la compañía que tenía en comodato el Teatro Santa Fe del IMSS y que, a pesar del menosprecio del Conaculta, representó a México en un festival iberoamericano con motivo de los 400 años del Quijote en 2005... “"Señor Calderón --corean los jóvenes bailarines--, lo invito a mi función”".

Aparecen los contingentes del Centro de Capacitación Cinematográfica y de la Escuela Nacional de Arte Teatral, ambos del INBA, acompañados a una distancia “prudente” de los trabajadores del mismo instituto; del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y de la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello, o del Centro Universitario de Teatro, de la UNAM. Entre estos distingo a Marco Argueta, quien un año antes había chambeado en las filmaciones del Apocalypto melgibsoniano y entonces, en la marcha, ostenta un yembé que hacía juego con la trompeta de Roam León. Entre las y los compas de la Escuela Nacional de Arte Teatral del INBA veo a Mónica del Carmen, quien tuvo una escena en la Babel del Iñárritu y pasa corriendo entre la multitud; a Yanet Miranda, que enseña la lengua a mi hijo, y a Sergio Solís y Adrián Ladrón de Guevara, que cubren sus rostros el uno con un pasamontañas blanco y el otro con un paliacate rojo; ambos, pasamontañas y paliacate, nuevecitos.

Por el contingente de compas del Centro Universitario de Teatro de la UNAM veo, entre otros, a Adrián "El Potro" Aguirre, Israel Islas, Darwin Enhaudi, Alfredo Herrera, Ginés Cruz, Miguel Ángel Canto... ¡uff!… tantos y tan poquitos. La última vez que vi marchar a alumnos del CUT corría el mes de enero de 1998, llevaban una larga tela de paliacate cocida en forma de cruz y cantaban algo fúnebre: unas semanas antes, 45 hombres, mujeres, ancianos y niños, indígenas todos, habían sido asesinados por paramilitares en Acteal, Chiapas. Esta vez, algunos de aquellos jóvenes hacen ya cine y televisión y prefirieron no ser parte de la fiesta; en tanto, un puñado de entusiastas muchachas y muchachos los representan, y, aunque son poquitos, suenan como si fueran un chingo.

Al pasar por Tacuba, uno de estos jóvenes, tan ingenuos que hasta dan ternura, se acercó a la plaza Manuel Tolsá, y gritó aquello de que “"El pueblo consciente se une al contingente"” a un grupo de hombres y mujeres de piel oscura, probablemente campesinos, probablemente maestros rurales, probablemente ambos, que se encontraban en una especie de campamento frente al Senado protestando por algo. De nada más mirarse entre ellos, algunos de los hombres tomaron una su manta que tenían y sin más aspavientos aceptaron la invitación del mancebo aquél. Poco importaba si el joven y las y los artistas con quienes él marchaba habían decidido no detenerse en su plantón y manifestarles siquiera una pequeña muestra de apoyo bajo el argumento, según crónica de CulturaenRed.Org, de que la prioridad de la marcha era manifestarse en contra del recorte presupuestal. Ellos, probablemente campesinos, probablemente maestros rurales, probablemente ambos, sabían de solidaridad y con eso bastaba; aunque el resto del recorrido no echaran consigna ni corearan lo gritado por otros, y sólo se limitaran a sumar su andar con el de estos muchachos y estas muchachas cuya indignación les hacía salir de sus casas en la Condesa o Coyoacán y tomar las calles.

El novel artista, aunque estaba contento de su poder de convocatoria, aún se preguntaba si aquellos hombres entendían algo de lo que era luchar por lo que es justo; a lo mejor no sabían nada de manifestaciones y esas cosas, pensó. Lo que sí es que su manta se veía colorida. En ella sobresalía un Juárez con una boina calada a lo Che, a un lado cuatro letras pintadas en negro delataban el nombre de la organización: APPO.

La marcha continuó su peregrinación hacia el norte de la ciudad para quebrarse luego por República de Cuba y Allende y rodear las inmediaciones al edificio de Xicoténcatl, resguardadas, ahora sí, por elementos de la secretaría de seguridad capitalina y agentes de la recién robustecida PFP. Allí, una pareja de jóvenes que después supe eran del Espiral 7, de Puebla, editores de una revista "de literatura humorística, irreverente, satírica y de mal gusto" intitulada El Ánima de Sayula, abuchearon a los militares disfrazados de policías con silbidos de cinco notas y una que otra consigna: "Esos son, esos son, los que chingan la nación." Entonces, un joven con una mojiganga de calavera se dispuso a retorcerse todito frente a los granaperros y otro se animó a treparse sobre las mallas y bailar bajo el aplauso unánime de los vecinos que miraban desde sus balcones y ventanas.

Cuando la manifestación llegó a la plancha del zócalo, la “marcha había abandonado su condición famélica de un inicio para dejarle espacio a los muchos personajes que plagaron las calles del centro histórico de la Ciudad de México a lo largo de quién sabe cuántos kilómetros: un clown marinero cuyo barquito colgaba de sus hombros mientras hacía sonar un trombón de vara que era las delicias de las chicas que atienden los restaurantes de Allende; unos músicos con reminiscencias medievales y unos titiriteros que surten un efecto parecido al del flautista de Hamelin; el Sombrero Loco de Alicia, con una pátina color dorado; algunos jaraneros que recuerdan a Los Folkloristas; zanqueros de todos los colores…. De pronto, lo surrealista se mezclaba con lo esperpéntico: un hombre con playera de las Chivas portaba sobre ésta una leyenda que reza, ¡oh, blasfemia!, "“I love América." Otro, aparecía jalando un huacal con rollos de papel cartón a los costados simulando un tanque de guerra; adentro, una pequeña de unos tres o cuatro años de edad va enarbolando la bandera de la convención lopezobradorista, y, en la parte posterior de esta suerte de tanqueta ludens, una frase de Gabriel Celaya sostiene que “"la poesía es un arma cargada de futuro"”.

Patricia Vázquez y Rafael Degar, de Teatro Súbito, recién desempacados de extranjia según artículos publicados entonces por La Jornada Morelos, ya extinta, están en compañía de su hija de nueve años que, como es natural, apenas y me saludaría porque ni siquiera me conocía. Izazaga... Anillo de Circunvalación... Fray Servando... Congreso de la Unión... La edición nacional del diario La Jornada, en nota de Mónica Mateos-Vega, consignaría que “una comisión de representantes de la comunidad artística y cultural, conformada por Paco Ignacio Taibo II, Gabriel Pascal, Julieta Egurrola, Francisco Martínez Cué, Margarita Castrillón, Raúl Díaz, Rosa María Garza e Inti Muñoz, entre otros, se reunió con diputados de la Comisión de Cultura del Congreso. La fiesta ha terminado. Un Goya mucho más desganado que los muchos que sonaron a lo largo de la marcha se escucha a un costado del también llamado Palacio Legislativo sobre la calle Emiliano Zapata, la misma que cinco años atrás sirviera de escenario al mitin de la comandancia zapatista mientras Esther y Zebedeo hablaban desde la tribuna “más importante de la nación”.

La prensa escrita anuncia que la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados aprobó por unanimidad el proyecto de presupuesto para las actividades artísticas y culturales “más cuantioso de la historia contemporánea en México”. "¡Ganamos la batalla!", dicen algunos. A lo lejos, todavía se alcanza escuchar: "“Señor Calderón, ¿por qué no usó condón? / Señora Hinojosa, ¿por qué parió esa cosa?"” Mientras, en Los Pinos, el aludido y sus socios en el poder de arriba se sobaban las manos tras la conclusión del experimento: los artistas han dado una muestra de que también pueden tomar las calles…, pero sólo si les tocan el bolsillo;… lo demás: Oaxaca, Atenco, Sicartsa, Pasta de Conchos, casi no les interesa.

Han pasado 10 años de la marcha aquella contra el recorte presupuestal a Cultura, entonces subsector de Educación; hoy, un recorte de proporciones similares nubla las finanzas homónimas en los estados por decisión de la Federación poniendo en riesgo una larga lista de proyectos que se subvencionan con dineros públicos. Cuando escribí la crónica de arriba, la ignorancia y la falta de solidaridad de quienes sólo veían por su luchita presupuestal me hervían la sangre y la mirada y en mi cabeza retumbaban los versos de Niemöller adjudicados hasta el cansancio a Brecht sobre aquello de la indiferencia y de que tarde o temprano, más tarde que temprano, sería demasiado tarde. El destino nos alcanzó y ahora no salimos a las calles siquiera por nosotras y nosotros mismos: estamos más preocupados, al menos entre las y los teatreros, por cómo ir a la Muestra Nacional de Teatro en San Luis Potosí. Hay sus prioridades.

Mientras tanto, en el calendario un 26 de septiembre les recuerda a algunas y algunos que dos años atrás 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa fueron desaparecidos por las fuerzas policiacas del municipio de Iguala y el estado Guerrero ante la mirada cómplice, por decir lo menos, de elementos del ejército federal; otros tres muchachos, también normalistas, fueron asesinados; otros dos, también normalistas, siguen peleando por sus vidas en sendos hospitales, uno de ellos en estado de coma; una señora y un joven jugador de futbol que iban en otro camión también fueron asesinados junto con el chofer del mismo camión. Las mamás y los papás de los 48 estudiantes no han dejado de exigir justicia y castigo a los culpables de desaparecer y asesinar a su hijos; pero, sobre todo, que los 43 sean presentados con vida: "¡Vivos se los llevaron, Vivos los queremos!"

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