Doña Cándida Sánchez Ocampo.

En la grabadorita, la voz de León Felipe suena lenta, cansada, como arrastrando las palabras, mientras les habla a Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud. En el buzón de mensajes, ése que por una suerte de economía hemos terminado por llamarlo simplemente inbox, una noticia confirma el mensaje que apenas hace unas horas pude leer al encender el teléfono móvil: doña Cándida Sánchez Ocampo, mamá de Miguel, de Chava y de Tere, había fallecido.

No sé exactamente cuándo fue la primera vez que la conocí, si cuando nos presentamos en la iglesia de San José Obrero en la colonia Primero de Mayo o una vez que visitamos su casa, según yo (mis recuerdos me traicionan), en la misma colonia. Allí estaba ella, chiquita, casi en silencio, mirando sin dejar de ser atenta a la bola de muchachas y muchachos sin oficio ni beneficio hacíamos teatro con sus hijos. Bueno, en eso de sin oficio miento; la mayoría eran jóvenes que trabajaban en las maquiladoras cercanas (algunas hasta vecinas) mientras sorteaban la chinga de estudiar al mismo tiempo para ayudar con los gastos en su casa: las Álvarez Mondragón, que además de estudiar ayudaban (o ayudan) a doña Yolanda, su mamá, en el puesto de comida frente a la clínica del IMSS (Ivonne además trabajaba, según recuerdo, en una maquiladora); los Fragoso y su sobrino, incansables también, y los Delgado Sánchez, hija e hijos de doña Cándida, tan trabajadores como sus vecinas y vecinos y, al igual que ell@s, solidarios sin medias tintas.

Creo que de los cuatro apóstoles fue Mateo quien dio cuenta de que Jesús, hablando de los falsos profetas, dijo aquello de «por sus frutos los conoceréis»; así conocí yo a doña Cándida: por sus frutos. Vacha, el menor de los hijos varones, ha sido con quien menos he convivido; sus múltiples chambas siempre lo tuvieron lo suficientemente ocupado como para acercarse a las tablas y, aún así, nunca escatimó un apretón de manos, un fuerte abrazo o una mirada cómplice; a la distancia, todos y cada uno de nuestros montajes eran también sus montajes. Tere, chiquita y callada como su mamá, además de poseer una sonrisa y una mirada que te atravesaban el pecho y te tomaban el corazón, era disciplinada y generosa a la hora del trabajo y, por encima de todo, blandía la amistad como bandera: recuerdo que una de las compañeras del grupo la trataba como si siempre estuviera a punto de romperse o como si nunca supiera bien a bien qué estaba pasando; eso, que cualquier otro hubiera tomado tal vez como un gesto de desprecio, ella lo miró como un rasgo de carácter: no es que ella, Tere, fuera en verdad poco avispada (porque vaya que no lo era); era que así era quien así la trataba y a Tere no le importaba: era su amiga, eso estaba por encima de todo.

La primera sesión de aquél curso en que les conocí, espacio del que más tarde surgiría el proyecto del Taller Permanente de Artes Escénicas «Mitote», Tere llegó acompañada por el mayor de sus hermanos: Miguel Ángel. Supongo que entre las Álvarez Mondragón y los Fragoso la convencieron de ir a la casa del señor y la señora Machín, papás de Juan, sede de Cultura Joven; pero de ninguna manera iría sola. Durante toda la jornada, Miguel se mantuvo tan distante como expectante; no tardó en corroborar la primera impresión que tuvo en cuanto me vio: que soy un mamón. Aún así, como Tere no dejó de asistir al curso, él también, guarda de su honra, siguió volviendo; para cuando el curso terminó, Miguel era uno de los integrantes más activos, más entregados y más enamorados del proyecto. Fue a él a quien se le ocurrió que le pusiéramos «Mitote» al grupo, poco importaba que Isabel Tercero y Arturo Cipriano hubieran bautizado así a su colectivo nómada de música: habría un «Mitote Jazz» y un «Mitote Teatro»; si queríamos poner nuestro granito de arena en la construcción de un mundo y un México nuevos y mejores, debíamos hacerlo --parecía decir-- en medio de una gran fiesta: hacer la revolución, para Miguel, no debía ser un acto solemne ni aburrido, hacer la revolución tendría que ser un festejo, una celebración.

¿Qué hizo doña Cándida para dar estos frutos?; no lo sé, pero no es difícil imaginarlo. En ella veo a las mamás de cada una y cada uno de mis hermanitos de tablas de esos tiempos: se levantan temprano, aún antes de que salga el sol; preparan el desayuno y dejan la casa, más que limpia, digna; se acicalan cabello y vestido y ponen un poco de rubor en sus mejillas para ir al mercado y regresar a tiempo a preparar la comida; cosen o lavan, o las dos cosas, ajeno; escuchan la radio y de reojo miran la televisión: mientan madres en cada mala noticia y se distraen un poquito en el clímax de la telenovela o los versos centrales de su canción favorita; ven el reloj, una y otra vez, en espera de que sus hijas e hijos entren a salvo por la puerta, como premio a sus rezos para que la máquina no les agarre una mano o la calle canija no los haga suyos y se los devuelva.

Doña Cándida bien hubiera podido llamarse, entonces, doña Trabajo, doña Digna, doña Generosa, doña Cálida; las acciones de sus hijos-frutos al menos así hablan de ella y de sí. Lo jodido es que así mismo los fue viendo partir: la bestia de la que escribiera Martí los fue jalando a sus entrañas. Y es que esta patria, antes de volverse la versión neoliberal de Medea que ahora es, matando a sus propios hijos, lleva mucho tiempo siendo una copia tardocapitalista de Semele, expulsándolos fuera de sí. Porque a este pinche capitalismo de mierda, ora Jasón, ora Zeus, nada lo sacia; parece la edición pirata de la ya de por sí insulsa narrativa del panteón mayoide melgibsoniano, de toda la sangre que demanda. Me imagino, porque tengo un hijo, el dolor de doña Cándida viendo cómo sus frutos, que son de los mejores entre los mejores, no encuentren en sus propias tierras las oportunidades para llevar el pan y la sal a sus casas dignamente, y me imagino, porque tengo un padre y una madre, el dolor de mis hermanos Miguel, Chava y Tere en esta hora que doña Cándida, lejos de ellos, parte.

--¿De qué se trata?- maldigo, blasfemo.

Pienso en Tere: --seguro estará allí-... la tristeza de imaginar su sonrisa y su mirada apagadas me oprime el pecho.

Pienso en Chava: --¿cómo le hará para ir y luego regresarse?-... la preocupación toma lo que me oprime al centro del esternón y lo baja a la boca del estómago.

Pienso en Miguel... en la grabadorita, la voz de León Felipe me ordena: «¡Hablad más bajo!»... lo recuerdo estornudando entre las sábanas de su cama en la barraca de San Cristóbal de las Casas como cuando los truenos le dan miedo... «¡Tocad más bajo!»... y me entraron ganas de abrazarlo y decirle que no está solo, que estoy con él ... «¡Chist!»... que la distancia no importa, que él también podrá despedirse... «¡¡Callaos!!»... pero una lágrima... un nudo en la garganta... la impotencia...

«Yo también soy un gran violinista...

y he tocado en el infierno muchas veces...

Pero ahora, aquí...

rompo mi violín... y me callo.»

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