Clases de Nada.*

Nadie sabe qué cuentos cuenta,
ni a quién le cuenta cuentos,
ni para qué se los está contando,
ni cuáles cuentos que cuente
se le van a pegar a quién en la memoria.

José Ramón Enríquez.


1

Sentado a contraluz respecto a la ventana por aquello de los ataques de migraña, boina, anteojos oscuros y barba vueltos rostro, José Ramón Enríquez Alcázar, hijo de doña Berta Alcázar y de don Isidoro Enríquez Calleja, y por esa vía hijo también del exilio español y republicano para más señas, solía leernos, platicarnos o citarnos de memoria a Sor Juana, Gómez de la Serna, López Velarde, García Lorca, Valle-Inclán o Cervantes, y después preguntarnos ya no qué habíamos entendido, sino qué pensábamos. Era como llevarnos de la mano, ora Virgilio, ora Beatriz, por los círculos infernales o gloriosos, o ambos, de la creación; pero, antes del parto poiético, era condición indispensable hacer un alto y pensar acerca de qué pensábamos o, más todavía, pensar si estábamos pensando.

Aquellas clases que ni siquiera figuraban en los planes de estudio del Centro aquél que, para decirlo con el mismo José Ramón, es de Teatro porque antes es Universitario, venían a configurarse como el espacio en donde lo visto en todas las demás asignaturas encontraba sentido. Sin embargo, para soltarnos el micrófono, el maestro tenía que haber encendido un cigarrillo y consumirlo poco a poco hasta haber conformado a su alrededor un ambiente tan enrarecido cuan mágico, coronado por un anuncio que pegado en la pared prohibía fumar.

Si hubiera de entresacar de los recuerdos alguna imagen para ubicar en su justa medida aquellas clases que tenían lugar en los umbrales del siglo 21, creo que ésta de José Ramón Enríquez fumando bajo aquél letrero conjug[l]aría con justicia la actitud aparentemente ácrata de este discípulo confeso de Juan de Mairena por línea paterna y la amorosa disciplina de su quehacer pedagógico. “Cada año ‒nos decía‒ veo llegar ante las puertas de esta Torrecita de Rapunzel en que estamos a decenas de jóvenes cuyos ojos brillan de tantas ilusiones que traen dentro; pero basta que entren para que la mamonería que rezuma incluso en las paredes borren el brillo, las ilusiones... todo.”

Allí estaban, pues, letrero y maestro. El letrero, como expresión prohibicionista de la supuesta sana pretensión de alguien tan afecto a las reglas que esperaba que aquél circulito rojo cancelando la imagen de un cigarrillo encendido y debajo de él la palabra NO fuera suficiente para inhibir los “malos hábitos” propios y ajenos. El maestro, protagonizando, más que una manifestación de rebeldía, el vivo ejemplo de lo que Morin llama pensamiento complejo; haciendo visible lo invisible, provocando con su sola actitud una oleada de interrogantes que nos conducían a pensar y pensarnos radicalmente; característica ontológica de este arte y este oficio que son porque, parafraseando a Luis de Tavira, lo son en el presente de la presencia y la presencia del presente.

2

La primera vez que hablé cara a cara con José Ramón Enríquez y no ya sólo con su palabra en negro sobre blanco vuelta poesía, obra de teatro o choro político de indudable apuesta por los márgenes fue una mañana de tantas que tuvo el mes de agosto de 1997, mes en el que José Ramón cumple años de vida y yo de teatro, que es como decir lo mismo. Yo había llegado con el corazón latiéndome a toda marcha para ver la lista de las y los aceptados a cursar el diplomado de actuación en ese mismo CUT de paredes rezumantes de mamonería. La segunda ocasión él estaba entre el público que vio una de las funciones que dimos de Y la historia comenzó... en el Tercer Encuentro de Teatro Comunitario de la Región de los Volcanes. Al final de la representación me llamó. Aún recuerdo que mientras caminaba hacia su encuentro el corazón me latía igual que un año atrás.

Ese latido se repetiría muchas otras veces: en sus clases, cuando por su voz se colaban don Guillermo Orea para hacernos muecas con la mitad del rostro oculta al público, doña Ofelia Guilmáin aguardando el instante para irrumpir en la escena y romper plaza dándose sus mañas para ver los toros, Fernando Balzareti y Octavio Galindo, gallardos y espléndidos, animales de la escena, o el viejo y sabio maestro Retes que gritaba aquello de “abusados, maestros; abusados... no pasa nada”; en escena, cuando los trabajadores técnicos del CUT aún no dejaban que sus mezquindades propias de su falsa conciencia de clase fueran más grandes que su tierna complicidad para con el oficio teatral y habíamos podido llegar al estreno de los fragmentos del Moctezuma II de Magaña que José Ramón mismo había pergeñado con sumo cuidado (valga la redundancia) para examinar a la Generación 2000-2004, la última que cursó la asignatura de Genealogía del Actor que también él diseñara para llenarnos las alforjas dionisíacas de pánico equipaje.

Esa vez segunda, me preguntaba a mí mismo qué querría el maestro; ¿me compartiría un par de consejos para la próxima vez que me atreviera a escribir y a dirigir algo?... y el latido agarraba fuerza nomás de puros nervios… como cuando sonó la tercera llamada del día que estrenamos Guerrero en mi estudio en la blanca Mérida, siendo yo su asistente de dirección… o cuando acabó la primera función de Orestes o dios no es máquina, de Miguel Ángel Canto, para la que escribió el texto del programa de mano… o cuando terminé de leer su Tarantela y me descubrí llorando, conmovido todavía por los textos de José María Galán: “un beso en el ombligo de vez en cuando, y algo de lluvia de oro los fines de semana, valen por su mirada de ternura”…

3

―A ver, mi vida, recuérdame –dijo, poniendo fin a mis pensamientos–: ¿acaso tú no eres el pendejo que no llegó a su entrevista y por eso no entró al CUT?

―Sí, maestro; yo...

―Bien ‒me interrumpió‒, ya vete; sólo quería saber qué tan avanzado estaba mi Alzheimer.

* Publicada en PasoDeGato. Revista Mexicana de Teatro. No. 40.

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