Julia Marichal.


























Esta vez, hijo, no sé qué decir, mucho menos cómo decirlo. Las palabras se agolpan en el pecho, laten con fuerza debajo de las sienes, palpitan detrás del ojo, se tuercen debajo de la lengua; pero no atinan a salir. Hacen un nudo en la garganta, la desgarran, no la sueltan.

Pienso en las clases de teatro, en las calificaciones de las muchachas y los muchachos que estudian conmigo; también, en los viajes recientes: La Habana golpeándome la conciencia, Querétaro convirtiéndose en un caos donde gente que quiero y admiro termina ensordeciéndose por el desmadre de terceros. No había abierto ningún periódico ni, tampoco, página, sitio o portal güeb que me dijera lo que ocurría allá afuera. Sabía que, de todos modos, el país y el mundo se caía a pedazos; los detalles de cómo sucedía me tenían harto, agotado, saturado, asqueado.

De pronto, veo su rostro en el perfil de un amigo de otros tiempos en Facebook, nuestro querido Paco Marín, y pregunto por ella sin saberla reconocer: «es Julia Marechal –me dice uno de mis maestros más caros–, la hija de Juan de la Cabada». Y, entonces, como una ráfaga de luz que destellara quién sabe desde dónde, me surge una pregunta que no quiero responder: «¿Marechal o Marichal?»

Tengo más de doce horas leyendo sobre lo que le ocurrió y mi indignación, de por sí acrecentada por el reciente asesinato de don Nepomuceno Moreno y al aún más próximo atentado contra la señora Norma Andrade, no consigue contenerse; menos aún, detenerse. ¿Cómo es posible? ¿Qué clase de ser humano puede hacerle lo que le hicieron? ¿Hasta dónde ha llegado la estulticia de este país y quienes en él dizque vivimos?

«Julia Marichal y Martínez» o, como la conocimos en la RED@ctuar, la Red de Encuentro y Diversidad para la Actuación a la que se suscribió en abril de 2003: «juliacorazónmx». Aquella primera vez, nos invitó, si no mal recuerdo, a un espectáculo suyo; a partir de entonces sus intervenciones en la RED@ctuar serían siempre tan provocadoras como cariñosas; «la orden –nos decía–: ser feliz todo este siglo». Y, así, con esa felicidad como estandarte, lo mismo reenviaba las invitaciones a ver Epifanio el Pasadazo, de nuestro admirado José Ramón Enríquez, o felicitaba a Perro Teatro por su viaje a Madrid con motivo del IV Ciclo Iberoamericano de las Artes, que llamaba la atención a nuestras misoginias y suscribía comunicados exigiendo el fin al bloqueo israelí en la franja de Gaza y la renuncia de Mubarak en Egipto.

Solidaria, amorosa, inteligente, combativa; fue siempre, desde su llegada virtual, parte del puñado de colegas que entendieron y defendieron el sentido de que la RED@ctuar no fuera sólo un espacio de anuncios sobre nuestros proyectos artísticos; sino, además, un punto de intercambio de nuestras maneras de pensar, sentir y hacer la doble escena que en tanto cómicas y cómicos urdimos: la escena teatral y la escena social. Por eso no me sorprendió cuando sumó su paso y su palabra al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que, como dicen los medios, encabeza el escritor Javier Sicilia.

En su último mensaje dentro de la RED@ctuar, por sólo citar un ejemplo, saludaba el reconocimiento que la también entrañable Beatriz Falero recibió apenas hace unos días en la forma de la Distinción por la oralidad/Diploma Medalla al Mérito en la Oralidad 2011: «Comparto la alegría y me siento muy orgullosa –escribió–, de que te den este reconocimiento, ganado en buena lid en la batalla de contar. Que vengan más. Un universal y fuerte, fuerte abrazote». Luego su rúbrica de siempre, con un ligero pero significativo cambio: «A pesar de los tiempos ser feliz todo este siglo»; seguida de la ya famosa cita de Martin Niemöller que se adjudica a Bertolt Brecht y que comienza con aquello de «cuando los nazis se llevaron a los comunistas no dije nada, porque no era comunista…»

Después, la misma Betty, como muchos colegas más, se haría eco del mensaje de sus familiares buscándola… hasta que encontraron su cuerpo… No sé qué decir, mi amor, mucho menos cómo decirlo… las palabras se me agolpan en el pecho, laten con fuerza debajo de las sienes, palpitan detrás del ojo, se tuercen debajo de la lengua… ¡Carajo!.. Y pensar que de todos modos, ella querría que yo te dijera que, «a pesar de los tiempos, hagas todo por ser feliz todo este siglo»… pero no puedo; las palabras ya no sólo me desgarran la garganta, sino que terminan por entorpecer del todo los de por sí lerdos dedos con que te escribo.

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